miércoles, 23 de octubre de 2013

La biología no es un destino, Ecuador en la mira...



Para hablar concretamente de la situación de las mujeres en el mundo, creo que no hay medias tintas : estamos en pleno retroceso. Ya sea porque el resurgimiento de las religiones, que nunca perdieron fuerza, pero que se nutren del desconcierto general, es evidente, o porque la crisis económica y los tentáculos del capitalismo financiero terminan convirtiendo a la mujer en un objeto de intercambio (fetiches de belleza o santas madres, pero no personas) instrumentos y medios (prostitución, vientres de alquiler, etc) , estamos cada vez más sometidas a la brutalidad de este tiempo. La lucha de las mujeres por sus derechos fundamentales, léase : de completa igualdad con los hombres, anda a la deriva porque la hemos expulsado del debate político hacia la protesta civil (tipo Femen) no organizada. Las luchas de las mujeres no suelen ir de la mano de las luchas de los partidos políticos de izquierda, ni de los llamados « progresistas », la lucha de clases no es análoga a la lucha por los derechos de las mujeres. Eso tiene que quedar claro, de lo contrario no podríamos explicarnos cómo se acepta que se sigan violando lo que deberíamos entender como « derechos fundamentales » en una gran parte del planeta, incluso en sociedades donde gobierna la izquierda.  Cuando Simone de Beauvoir publicó El segundo sexo, Albert Camus la atacó diciendo que había « « ridiculazado a los franceses », !se trataba de un hombre de izquierda ! Los militantes del partido comunista no se quedaron atrás : Beauvoir había desfigurado la condición de la mujer (sic). En la ex Unión Soviética los dirigentes eran mayormente hombres y las mujeres nunca alcanzaron la igualdad. Esta es una lucha política en la cual no tenemos un adversario al frente, sino a toda una cultura (toda una civilización), una manera de ver el mundo que remonta a hace siglos. La reacción del presidente Rafael Correa en el marco de una democracia, nos hace ver que no importa la bandera política ni el rumbo de la sociedad en general (donde este debate sobre el aborto está abierto), para imponer el poder que tiene sobre sus subaltern@s en función de sus convicciones reiligiosas : la católica, que considera que una vida empieza en el embrión, aunque jurídicamente este no exista como persona (salvo en los países donde la religión católica domina). No se respeta la separación entre iglesia y Estado y se impone el gesto patriarcal que contradice los principios democráticos de la sociedad que defiende y que representa. Las mujeres son personas enteras y tienen derecho a decidir si desean convertirse en madres. La biología no es un destino. Estar condenada, por tener un útero,  o lo que es peor, a dar a luz después de haber sido víctima de una violación[1], es inadmisible e inhumano. Esto se considera como un « derecho a la vida » pero es falso, porque defiende a una sobre la otra, es una defensa que no da el mismo valor a la vida de la madre y la del embrión. Rafael Correa no puede decidir en lugar de las mujeres. Sus convicciones democráticas deberían estar por encima de las religiosas. Puede profesar la religión que desee pero no puede, y no es justo, que convierta a las mujeres ecuatorianas que reclaman una modificación del código penal para abortar en caso de violación en culpables, brujas, mujeres no deseables. Esto es una regresión al oscurantismo de otras épocas brutales. « El progreso de una sociedad se mide en la calidad de vida de sus mujeres », dijo Flora Tristán, y el Ecuador ha dado un salto enorme como sociedad. Que no sea ahora un salto al vacío.


[1] El conflicto en Ecuador es para pedir que se legalice el aborto en caso de violación. Se estima que hay 150.000 abortos clandestinos al año. 

lunes, 14 de octubre de 2013

Sobre Teresa de Ávila



EN TIEMPOS EN QUE EL EXTREMISMO religioso domina; en que la secularidad se entiende como un rechazo de lo que se podría llamar "vida interior " y como un consumo desenfrenado de símbolos, ideas y conceptos listos para llevar; en que el psicoanálisis tiende a cerrar puertas y la desconfianza general en los otros a afianzarse como una especie de neurosis, Teresa de Ávila ingresa en la colección canónica de la edición francesa: La Pléiade. Claude Allaigre, Jacques Ancet y Joseph Pérez se han encargado de editar algunos de los libros más importantes de la fundadora de las carmelitas junto con textos de Juan de la Cruz, su amigo y confesor.
En pleno periodo de la Reforma en la España del siglo XVI, Teresa de Ávila representa una experiencia que no tiene arrugas, ella nace de la ruptura entre judaísmo y cristianismo, islamismo y humanismo del Siglo de Oro, pero su aporte a la literatura es más complejo, polémico, violentamente carnal. Teresa de Cepeda y Ahumada inicia esa corriente que se conocerá más tarde como Barroco y que tendrá puntos álgidos en Juan de la Cruz o Baltasar Gracián. En Teresa, la experiencia mística es absoluta y solitaria, como lo serán sus votos de la orden que creó, austera y silenciosa, destinada a explorar el torrente interno. En una época de represión de los sentidos y persecución policiaca de la experiencia mística, Teresa escribe textos sencillos, con un lenguaje directo y cotidiano capaz de describir las experiencias más abismales y perturbadoras en el encuentro con el Otro (Dios, su hijo), experiencia que será siempre y sobre todo desde un cuerpo. La santa nunca renuncia a esa corporeidad del verbo que se nutre de la experiencia sensorial, su visión de la religión es viva, coloreada, llena de sabores, y de “aprovechamientos del alma”.
“El mundo está en fuego”, escribirá en su libro Camino a la perfección, que no ha sido incluido en esta selección. Ella también arde y logra abstraerse del cuerpo a través de la mente y la escritura, cerca del sueño (como Sor Juana, que también explora este mundo inconsciente) y de la visión. ¿“Histérica, y sin embargo genial”, como escribió Freud, o enferma de necesidad de ser reconocida, de ser mirada? “Conócete en mí”, es su frase preferida, una pequeña revolución epistemológica en el seno de una Iglesia conservadora que desconfía de las experiencias del cuerpo. Un parentesco con el psicoanálisis que no se ha reconocido, un guiño a las mujeres para centrarse en la experiencia interior y reconocer en la relación con el otro una afirmación de la independencia. El amor para Teresa, al igual que para Platón y Plotino, es la experiencia más importante. No hay experiencia síquica sin amor, no hay noción del propio cuerpo y el cogito de Descartes se invierte: “Siento luego existo”.
“Nosotros no somos ángeles sino tenemos cuerpo”, escribe la madre que descubre su verdadera vocación a los 43 años, instante de la experiencia más alucinante: la visión de un ángel que le penetra el corazón y extrae sus entrañas, el goce absoluto que Bernini inmortalizó en pleno éxtasis. Esta “motita de poca humildad” no se restringe a describir su experiencia trascendental, la revive a través de imágenes, narraciones, confesiones y expresiones exaltadas de una transformación que vive con espasmos y vértigo, a tal punto la represión, la amenaza del castigo era la pauta para cualquier mujer que se atreviese a manifestar esos estados de manera tan directa. Teresa, no tiene límites: “Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos…”, describe en su visión catártica, sumida en la observación. El castillo interior de Teresa, descrito en sus Moradas, es un espacio que hay que ocupar con la presencia del propio Yo que ha sabido regresar a él, en esa experiencia de unión carnal que ella encontró en el Cantar de los cantares y que hacen que esa austeridad de objetos esté colmada de imaginación, sensualidad y brillo. Su castillo está abierto, no es una prisión, ni “una trampa de la fe”, es saltarse el estribillo que atonta para escuchar otra música, es subversivo: una carta abierta.
Artículo publicado en el suplemento Babelia, 2 de marzo del 2013.

lunes, 7 de octubre de 2013

el racismo está en el idioma

No quiero ponerme como una aleccionadora ni como alguien moralmente superior a nadie porque creo que estas fobias actuales pueden atacarnos en cualquier momento de debilidad, es más importante hacer el esfuerzo por comprender antes de lanzarse a juzgar de forma categórica. Este post sigue el hilo conductor de algunas intuiciones que he ido analizando en otros textos. A través de las redes sociales me enteré de los insultos racistas y sexistas publicados en la edición digital del diario Perú 21 (del consorcio del grupo El comercio, ahora con más del 80% del mercado de la prensa nacional),  a una actriz peruana, Magaly Solier. La cuestión es el tema del racismo y de los insultos sexistas que son un paisaje común en nuestra sociedad. En el fondo estoy segura de que los peruanos y las peruanas no son más racistas o sexistas que el resto del planeta. Lo que sucede en el Perú es de alguna manera  el eco de lo que sucede a escala planetaria, la mayoría de las personas reciben los mismos mensajes formateados en el mismo código del idioma, con los mismos paradigmas de belleza, de éxito y de "deber ser" que el resto del mundo. Estamos en constante exposición a ese trabajo de alienación cotidiana. Basta ver un programa de televisión peruana, prestar atención al lenguaje, a las imágenes que nos envían, para comprender la magnitud de este lavado constante de cerebro. Es una televisión que explora los sentimientos más reactivos y aislantes: miedo, desconfianza, la presentación (la voz, la música, todo es tenebroso) de un mundo inhospitalario con pistola en mano. Es una prensa policial, que acusa, señala, persigue. Hay de qué vivir en la paranoia. Pero, concentrémonos en el caso de Magaly Solier, la actriz peruana que ha logrado una proyección internacional, aquella que protagonizó la película de Claudia Llosa, Made in Usa, ganadora del oso de Berlín, que no es poca cosa. En realidad Magaly representa el éxito que otras personas desearían tener, también es alguien que no ha renegado de su identidad (decir que yo también soy de Ayacucho suena irónico) sino que la ha alimentado y se ha mantenido en contacto con ella sin vergüenza, con naturalidad. Toda esta segregación e "integrismos" de todo tipo, religiosos, culturales, creo que se remontan a los fundamentos del Perú como  república (de paso, las identidades nacionales están en crisis, es decir, los fundamentos de cada país como algo unido) que considera a los peruanos y peruanas como iguales. Esto está inscrito en el texto de la constitución pero en la práctica vivimos un sistema de castas que se ha instalado en la cabeza de todos y todas. La mayoría "exitosa" se lee como extranjera, sin mestizaje, al menos en su cabeza nada se mezcla, como una clase privilegiada, blanca, identificada con el  progreso occidental, y de la cual negativo es la imagen del cholo y la chola deprimida, desarraigada, sin identidad, es decir, aquella imagen que significa el vacío y de alguna manera el negativo de lo que se considera luminoso, claro, hermoso. Todo esto está alimentado por los medios de comunicación que proyectan modelos de mujeres y hombres no mestizos, ni negros ni mulatos, solo blancos y blancas. Es decir, estamos reproduciendo constantemente imágenes que nos vienen desde fuera, que muchas veces responden a la visión del mundo como un supermercado que consume, modelos que no tienen nada que ver con la realidad concreta del Perú, diversa y mestiza. Hay entonces una fragmentación, lo que vivo en la realidad, y lo que me viene desde fuera como imagen de lo que vivo. Esas dos imágenes no se yuxtaponen, una se impone a la otra, la que han construido los medios, la educación, incluso las universidades. Creo que vivimos una realidad tan alienante como separada de nuestra vida concreta, es decir, vivimos fragmentados. Cierto, desde el inicio esa oposición binaria está presente (hombre-mujer, oscuro, luminoso, etc), pero cuando esta oposición significa exclusión y negación, la lucha es violenta. Al decir, chola, o cholo, identificamos al otro como extranjero, como alguien que no tiene territorio, de lo contrario no la separaríamos de nuestro inconsciente como alguien que representa un peligro, una amenaza de extinción, Tánatos dominando. En ese rostro de Magaly Sollier, hay vacío de sentido, los que insultan no pueden proyectar un significado, no pueden proyectarse ellos mismos porque carecen de registro, de rejilla de lectura que no sea esa identidad devaluada de la que he hablado antes. De ahí que la quieran destruir con insultos tan violentos. Es importante resaltar que es convertida en vegetal: olluco, papa,  o animal: cuy, llama, huanaco, todos alimentos y animales andinos. !Hay de qué escribir un sicoanálisis de nuestra sociedad actual!! Es como si desearan morderla con sus insultos, pero también comérsela, devorarla, como la fase sádica (el mordisco) con la madre descrita por la sicoanalista inglesa Mélanie Klein, puede que haya aquí una aversión a uno de los mitos iniciales de la historia peruana, Mama Ocllo...Mnnnn....  Solier es  así la "chivo expiatorio", convertida en la representación de los males que puedan afectar a la sociedad peruana, y de ahí que el control de los comentarios no funcione: todos reconocen una revancha y todos rinden su parte a esta sociedad policial en que se ha convertido el país, una sociedad que persigue que lincha, pero que no dialoga ni se escucha hablar. El idioma es fascista cuando pierde su valor humano, cuando pierde su capacidad de ser poroso, de escuchar y atender. Esta abundancia de discursos fascistas, populistas, en el sentido de que apuntan al sentimentalismo y la reacción y no a pensar, tiene que ver con un mundo saturado de eventos, de noticias, de anécdotas que están destinados a impedir este movimiento. La cantidad de mensajes ha sepultado a la calidad del lenguaje. Todo va rápido, todo tiene que ser eficaz, rentable, inmediato: es el time is money del norte en su máxima expresión que limita la reflexión y hace abstracto el diálogo. Por eso, todo puede ser dicho: no encarna personas de carne y hueso.
Hace unos días vi la película sobre Hannah Arendt sobre su idea de la "banalidad del mal", cuando ella se atreve a decir: Eischmann no pensaba, punto. Tal vez exista una relación con este racismo y este sexismo (siempre son insultos a mujeres más que a hombres, relacionados con el sexo) tan banal en la sociedad peruana. Es que, por razones sicológicas que no tardaríamos en comprender, la mayoría de las personas que se sienten en peligro, dejan de pensar, de razonar, de incluir a los demás en ese proceso que significa dejar que nuestras intuiciones, sentidos, fluyan y se conecten con el exterior, lo que diríamos altruismo o alteridad. Hay algo que los atrofia. Creo que no hemos creado lugares, espacios (porque las universidades no lo son, son normativas, castradoras) donde la palabra sea escuchada, oída y atendida con cuidado. No estamos creando nuevos valores. El otro día mientras revisaba documentos, encontré una foto mía de joven, la mirada divagaba, estaba como ausente,  entraba a la edad adulta, pero llena de miedo, llena de desconfianza, no sabía dónde estaba ni qué deseaba para mí: no sabía dónde estaba mi deseo. Eran los otros quienes me imponían una ruta marcada, yo no hacía esfuerzos por hacer mi propio mapa, me costaba. Había también un enorme desarraigo. Siempre lo he dicho, por ese desarraigo he entrado a la literatura, para  explorar estos territorios, estos espacios que son lagunas, para construir mi propio modelo, trabajar conmigo misma y perder miedo a esa falta de identidad, recorrer finalmente esos espacios y ponerles un texto, un sentido. Solo si somos capaces de inventarnos nuevos valores culturales, sociales, por ejemplo, pienso que podríamos, y seguro que sí, encontrar otros modelos de feminidad, de masculinidad, otros modelos de familia, de vivir juntos, podremos salir de ese desarraigo encarnado en un idioma que se convierte en un desconocido, un idioma que nos hace hablar sin pensar, reaccionar sin sentir. Una parte del mundo busca encarnarse, la otra,  normativa, desconfiada, quiere el orden y le teme a cualquier vacío de sentido. No quiere pensar. Eso explica tal vez la subida de la extrema derecha en Francia, la ultraderecha en Italia, en España, etc... No vivimos al margen de nada. Estamos en esta "aldea global", no hay manera de dar marcha atrás. Los sentimientos de miedo y desconfianza, serán cada vez más radicales, ¿quién puede estar sereno o serena si estamos en plena catástrofe ecológica, si estamos en plena crisis económica mundial, si hablamos de crisis en las relaciones, de  soledad, encierro? Es un mundo aparentemente inhospitalario, aunque yo creo que no lo es, que puede llegar a ser una verdadera casa común, llena de espacios donde pasear y soñar. Somos nosotroas quienes debemos cambiar este relato policial y paranoico que no están proyectando día a día. Esos hombres, o mujeres, que han insultado a Magaly Sollier, de alguna manera "se padecen", no pueden hablar de otra manera porque esa es la manera en que les han enseñado a hablar en el colegio, en la casa, y luego, en la universidad, !que se supone que es una entidad civilizadora!! Creo que la enseñanza está sobre todo destinada a alienar pero no a formar personas independientes que se hagan preguntas sobre el sentido, más que sobre la forma. La educación está preocupada por la eficacia,  la repetición de los mensajes dominantes,  es normativa, no reguladora, es un no a la creatividad por ser más arriesgada y lenta. El mundo entero nos vende eslogans del éxito, éxito igual carro, casa, objetos, y más objetos, ningún valor de empatía, solidaridad o alteridad. Para salir de la alienación, de esa esclavitud horrible como consecuencia de la pasividad, de esa tortura de un idioma esclavo de una historia fragmentada que no se mira en el espejo, es necesario un trabajo interior constante, un trabajo no siempre en soledad, si no acompañado por la comunidad y monitoreado por las instituciones que podrían facilitar este diálogo. No hay los espacios culturales indispensables donde esa mezcla social se vea reflejada, todo se mercantiliza, todo se mercadea y se somete a sus leyes que ignoran la parte humana de la vida en sociedad. La cultura es también un negocio y no hay manera de que el Estado se implique, falta de ideas o de recursos, no lo sé, para  empezar por la educación que tendría que ser un laboratorio donde generar nuevas formas de lectura. A una población que ha perdido el gusto de leer, no se le puede pedir que se lea con otros instrumentos. El problema es complejo y exige imaginación y atrevimiento. Esos espacios de sentido donde se generen nuevos relatos, nuevos prototipos pueden existir, quizás tengamos que movernos del eje en que nos encontramos, desplazarnos en nuestras cabezas, cosa que no ese fácil en una época de dominación de lo virtual que hace más invisibles a las personas. No tengo la respuesta clara, solo intuyo que esto tiene que ver con un empobrecimiento del idioma y que solo un cambio de episteme (la forma como nos interpretamos, enriquicerla no fosilizarla), de códigos antropológicos nuevos que saquen esa máscara mortuoria que hemos colocado en algunas personas para no mirarlas de frente, podrá ser un comienzo. Ese "estado infantil", insatisfecho, que reclama como un niño a la madre que no responde, que desaparezca, tiene que ver con esa fragmentación inicial que no hemos asumido, que no han asumido los partidos políticos y que no les interesa por ser poco rentable. Pensar con autonomía, salir del esquema, cuesta esfuerzo, tiempo, espacios donde poder hacerlo.Tal vez si pensamos que podemos aportar algo al mundo distinto de esta parte  pobre y triste de nuestra historia, podamos empezar otro recorrido. Nuestra imagen como ciudadanoas está tan devaluada que no podemos leer con generosidad a los demás si no es con esa mirada mezquina y agresiva. Podemos parar la oreja y aprender de otras experiencias, de aquellas de diversidad y empeño en comprender y vivir nuestra época de manera menos pasiva. A lo mejor sea una opción más luminosa, menos sombría. Recuerdo el mensaje del Presidente de Uruguay en la ONU, José Mujica, cuando decía con énfasis: la vida es un milagro, un regalo. La vida de cualquiera es un regalo, ¿por qué no podemos reconocerla como igual a la nuestra, qué pasa que no hay empatía, qué hace que se caiga ese puente? Nuestra lengua no acoge, no da un valor al otroque no es como nosotroas, a quien empezamos  borrando del mapa afectivo: cholo de m.... asociando su imagen a lo más devaluado de nuestra historia colectiva, hiriéndonos en la memoria. Vivir con esa flecha clavada en el pecho debe doler mucho.

domingo, 29 de septiembre de 2013

hablemos de una despenalización del aborto


Hay una novela que me impactó por su crudeza: El acontecimiento, de Annie Ernaux. En ese libro la autora describe un aborto cuando es una estudiante universitaria. Sale encinta por accidente de un joven que  apenas ha visto un par de veces y decide abortar sola en medio de condiciones sanitarias, sicológicas y humanas, realmente duras. Estamos hablando de la Francia previa a los años de la ley promovida por Simone Veil (1975), durante el gobierno de Giscard d'Estaing y del manifiesto que 394 mujeres del espectáculo, la literatura y la política, firmaron para apoyar la elaboración de una ley que concibiese el aborto como un derecho y no como un crimen (que merecía la pena de muerte), estipulado así hasta el año 1942. Hoy el es día mundial del derecho al aborto y no he visto una sola página sobre este tema en los diarios del Perú. Nadie dice nada, es un tema tabú, tabú porque toca los fundamentos de la familia como una entidad casi sagrada, el matrimonio es un sacramento desde que la Iglesia católica lo decidió así en la edad media, lo que podría decir que el rito prima sobre la cultura, la creencia sobre la capacidad de decidir. Porque ¿cuáles son las razones por las cuales las mujeres no se movilicen para reclamar una modificación del código penal? Hay mucha desinformación entre nosotras, las mujeres, sobre todo, mucha culpa que no sabemos dónde colocar, qué sentido darle a esa responsabilidad de poder  decidir sobre la vida o la muerte, sobre un hecho natural para el que nuestro cuerpo está preparado biológicamente. No sabemos cómo distinguir entre natura y  cultura, carecemos de instrumentos para interpretarnos, traducirnos socialmente. Nuestro código, para pensar, para describirnos, para vernos, está manipulado por la propaganda y el sistema patriarcal (hay que ver la serie Mad man para entender como empieza todo esto), nos inventan, no nos inventamos. Además no tenemos una sociedad que acompaña y en esto buena parte de los hombres no ayudan, prefieren mantenerse al margen y dejar que las mujeres decidan solas.
Yo recuerdo mi primera interrupción de embarazo. Tengo veintiún años y no me he dado cuenta de que he quedado encinta hasta que un día una amiga, a manera de broma, me comenta muerta de risa: oye, ¡te han crecido los senos!! Fui al médico y entonces confirmé aterrada lo que me pasaba, estaba encinta. Tuve que pedir dinero prestado, no sé cómo hice, hay un espacio en blanco de esos instantes, para salir libre de esa responsabilidad a una edad en que no tenía idea de lo que significaba ser madre, o sí, sabía que era algo durísimo, que exigía mucho más que un cuerpo y una cabeza un poco organizada. La segunda vez ha sido en Francia, casada y por accidente. Primero una reunión con la asistenta social para permitir que la seguridad social  asumiese el gasto (el aborto tiene un costo alto ahí donde sigue siendo clandestino) luego de pasar por un interrogatorio increpándome sobre las razones por las que no quería tener ese hijo estando casada. Fue la primera vez que sentí que realmente el mundo era hostil hacia las mujeres, que era espantoso que te culpabilizarán de esa manera, creo que me detesté cómo cuerpo. Tanto fue la presión, que, un día viendo una película en donde el tema era el cuerpo, sufrí un ataque de pánico. Había tomado conciencia no de que no “era” un cuerpo (una identidad autónoma y soberana) si no de que “tenía" un cuerpo que era señalado, codificado socialmente y que no podía hacer lo que quisiera con él. Después vino el libro El último cuerpo de Úrsula, escrito casi como un imperativo, quizás porque necesitaba darle una continuidad histórica, un sentido. No fue pensado, me salió así, de forma espontánea, solo ahora entiendo el sentido. Si hablo de mi experiencia en este instante es porque creo que es inhumano someter a tantas jóvenes a ese dilema moral devastador que es  decidir un aborto clandestino, marcar así la vida interior, la unidad y la confianza que las mujeres, como personas plenas aspiramos a tener. No ser un instrumento ni un medio, pero un fin en sí mismo, personas enteras. La maternidad es un experiencia generosa, que enriquece, pero hay que estar preparadas para ello. No podemos ser madres e hijas al mismo tiempo. Conozco cientos de casos de niñas con niños que terminan abominando el hecho de tener que ser madres sin saber cómo hacerlo, porque no están en condiciones sociales, económicas y sicológicas para asumir la crianza, y, lo más importante, la educación. Este debate no se implanta en la sociedad limeña, en Venezuela, donde vivo, se habla constantemente aunque primen otras prioridades, dar protección a las jóvenes mujeres madres sin pensar demasiado en la prevención. La urgencia pasa por alto la magnitud del problema. En España se debate ahora una posibilidad de revisar la ley,  en México solo existe este derecho en la capital, pero hay estados, como Guanajuato, donde sigue siendo un crimen, ¿qué sucede? En este mundo que involuciona hacia una especie de “sueño naturalista” donde todo estaría en orden, las mujeres como garantía de la buena marcha de la sociedad en tanto que entes pasivos, sin voz ni rostro, los hombres en la acción y la protección  de la familia (incluso las opciones “alternativas” han pasado a aspirar al matrimonio como sinónimo de progreso de la sociedad civil), las mujeres  somos las más fácilmente clasificables en una rejilla, en un pequeño espacio cuadrado, encima, seguimos pensando que el matrimonio es un ascensor social que otorga un cierto estatus y un cierto prestigio que permite respeto. El matrimonio es solo un contrato de derechos y obligaciones comunes, eso es todo. Sacudámonos del rito, de su inmovilidad.  Se avanzó al separarlo de la procreación, desde que existe la píldora, se ha tratado de pensar el deseo como algo menos maniqueo que la unión eterna de dos personas del mismo sexo, hemos entrado a cuestionar el género, que no significa sexo, y sin embargo no pensamos en los más importante, el aborto. Hay momentos donde el “naturalismo social” (la selección natural de la especie), empieza a prender, como la xenofobia, la homofobia, etc… La única diferencia es de cantidad, hay más parejas homosexuales que exigen un reconocimiento y muy pocas mujeres que exigen que se proteja su derecho a decidir si desean ser madres. Hay un miedo abismal en esto, casi como inexplicable, el miedo a desaparecer, de ahí que las sociedades avanzadas, como debería ser España, retroceden cuando tienen un gobierno derecha.  La derecha, en ciertos contextos, es el pensamiento artificial, sin oxígeno, es el estereotipo, la necesidad de verdad, muchas, veces, el fanatismo. Tenemos que hablar del tema cueste lo que cueste, incluso a mí, me cuesta hablar de él. Pero siento la exigencia de hacerlo, de poner en palabras una parte importante de mi historia en tanto que mujer.

lunes, 16 de septiembre de 2013

La continuidad de los personajes

Es importante decir las cosas en el momento que se las piensa. No dejar pasar ese tiempo, detenerse. Hay varias ideas que me vienen dando vueltas alrededor, la falta de continuidad en nuestra historia como país, como grupo humano. He estado viendo reportages sobre el golpe a Salvador Allende en 1973, las imágenes son intensas. Yo tenía ocho años y no recuerdo casi nada. No tengo imágenes, menos aun comentarios. A lo mejor mi mamá dijo algo en algún momento del desayuno, que había sido terrible, "horrible", hubiese sido más bien la palabra usada por ella (sobre el "uso del lenguaje de mi madre", tendré que hablar en algún momento). Nuestro desamparo es completo. Sentimos que la historia que vivimos, los tiempos del General Velasco Alvarado, son terribles, mi madre anuncia momentos complicados, más vulnerabilidad. Y en grandes dosis.  Creo que asociaba su vida a la historia colectiva, lo  que hacía crecer su angustia y la sensación de desamparo, no la comprendía tampoco. No podía inscribirla en el futuro. Esa es la manera cómo ella, sus amigas, su familia, vivían esta parte de nuestra historia,  lo que no sé es ¿por qué yo tengo tantas lagunas? Como cualquier joven contemporáneo desconozco muchas partes de mis historia. Aquí viene una idea: esas lagunas son la explicación al apolitismo de mi juventud, a ese no saber "quién soy", no sabe reconocerme, no saber cómo hablar. Ni nombrar. No saber llamar a las cosas por su nombre, tener una vaga idea de los miles de desaparecidos en el período de la dictadura de Pinochet en Chile, no saber quién es Víctor Jara, Violeta Parra, Ima Súmac, esas son algunas lagunas que he arrastrado por mucho tiempo y, de alguna manera, la literatura me ha puesto en contacto con su lado concreto y  real. Me ha llevado a mirar las cosas de frente y a tratar de comprenderlas como en un pacto de verdad que recompone las faltas de una educación amnésica, con espacios en blanco. Mi educación en la etapa de adulta está llena de olvidos voluntarios y yo era incapaz de indagar. Era pasiva. La verdad efímera, minúscula en la obra es ya un comienzo para destapar todos esos temas que son tabú, los que se relacionan con la condición histórica de mujer, con la imagen cultural de mi propio sexo, poco a poco  puedo decir lo que realmente  siento. Además ahí donde hay "obra", hay sentido, hay razón de ser.

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Durante la adolescencia,  había algo intolerable, infame: los insultos que los jóvenes de mi edad podían lanzarme desde una esquina, insultos racistas o sexistas. El idioma puede llegar a ser brutal, incluso totalitario, el idioma es mucha veces una dictadura.  A veces salgo con una falda muy alta y alguien se me acerca a preguntarme quién me creo, ¿una reina? ¿Soy una loca, una cualquiera? ¿De dónde saco ese gorro azul con el que me paseo por las calles? Es otra joven de mi edad quien me ve como una arrogante. Yo solo quiero "distinguir me", soñar con otra vida, otro modelo de mujer, lejos de las cocinas y de las guarderías.

No tengo modelos de mujer en quien reconocerme, aunque sí, mi madre es también "mi doble", yo vivo su separación como mía, su frustración, su desconcierto en una sociedad que señala, como míos. Hay algo todavía más importante. No encuentro libros que me den esa imagen que busco, que me hagan soñar con mi libertad. Descubro a Virgnia Woolf, lo dije en un artículo sobre ella, Las olas, en la biblioteca del Instituto británico, en la avenida Arequipa. Respiro. Alguien siente, pensó, como yo.

Esa falta de personajes femeninos en los cuales reconocerme siempre me ha pesado. Yo no quería a "las madres lloronas, las mujeres desesperadas por un marido," quería Colettes, Madames Bovarys, sí, Jane Eyres, Catalinas como la de Cumbres Borrascosas.... Siempre han sido pocas, siempre he podido contarlas con los dedos de la mano.

Nos faltan esos textos, esos testimonios que nos permitan recorrer el idioma y su memoria. El idioma tiene memoria, y es por eso que en algunos libros, el último por ejemplo, sentí que debía recorrer esa memoria de los años setentas y ochentas, incluso con sus lagunas. Es también comprender el sentido de todos esos años, comprenderlos, darle esa continuidad que no tienen. Todo mi trabajo está abocado a eso: poner un sentido a todo ese magma de imágenes. No sé por qué elegí el idioma,  su duración, su capacidad escénica. Lo importante es poder decir las cosas. Y entre nosotros hay vacíos que no se han llenado. No podemos decir ciertas cosas porque no vemos continuidad, las mujeres no tenemos esos "significantes" que es son el aparato simbólico, fundamental, en nuestro idioma y dentro de nuestra una realidad concreta, social. La literatura no está "fuera de la vida", está dentro de ella, es su nervio, su carne. Hay que atreverse a atravesar ese espacio entre el lenguaje convencional y el simbólico, darle a los libros una respiración nueva, una presencia concreta. No más alegorías, no más desvíos, ir al centro de las cosas.

A esta idea volveré, a la necesidad de esos retratos de mujer, de esa galería que se tiene que llenar de nuevos rostros.

El hilo de oro que funciona como columna vertebral y nos mantiene erguidas para caminar.

A caminar...

martes, 3 de septiembre de 2013

La nueva mística femenina




Hace unos días escribí sobre que estamos asistiendo a una nueva etapa en la evolución de la lucha por los derechos de la mujer (www.palincestos.blogspot.com). Hay un resurgimiento de una mística femenina que tiende a encerrarnos en patrones y modelos tradicionales en nombre de lo que se considera “la esencia femenina” o la “especificidad femenina”: la bondad, la tolerancia, el pacifismo, el instinto maternal, etc. Vemos que la maternidad es considerada, incluso por muchas mujeres que se dicen “feministas”, no como una elección, sino como una finalidad suprema. Este nuevo vademécum tiene sus códigos, lactancia materna imprescindible, modos de crianza que se dicen “naturales” y que encasillan a la mujer en un rol omnisciente, ubicuo, en el que el hombre quedaría  nuevamente fuera. No podemos aspirar a la libertad en tanto que personas si hacemos concesiones a la doctrina religiosa sacralizando la maternidad, no se puede ser libre si la alienación cultural de la que somos presa fácil no es puesta en duda. Nuestra manera de leernos tiene que empezar a ser laica, al menos, a poner entre paréntesis a la religión que impide siempre avances fundamentales de los derechos de nosotras, las mujeres. Pero, no solo las religiones siguen impidiendo que las mujeres seamos vistas como seres completos, son todos los sistemas dominantes los que nos ponen un muro que no podemos evitar. La revolución bolchevique no logró hacer que las mujeres mejorasen su condición de subalternas debido a que no se entendió que la revolución es sobre todo cultural y en muchas democracias modernas los retrocesos son evidentes. No podemos pensar como los dominantes, ni convertirnos, a nuestro turno, en dominadoras, más bien tenemos que inventar nuestro propio modelo de acuerdo a nuestro tiempo  y a nuestras necesidades. Las soluciones absolutas (por retóricas) son siempre una trampa, esconden contingencias, concesiones de otro orden en esa red perversa que rodea a los círculos de poder. Cuando Simone de Beauvoir publicó El segundo sexo, recibió, para sorpresa suya, ataques feroces del partido comunista que no quería poner en duda dictámenes culturales, sobre todo,  el derecho al aborto, que consideró como una idea decadente y burguesa de la mujer, un llamado al libertinaje, una aberración social. En el fondo creo que no lograremos una verdadera transformación si no se cambian los medios de producción de saber, me refiero a que si no somos productoras de ideas nuevas, nuevos modelos y representaciones de lo que significa “ser mujer”; si es que no logramos inscribirnos en una continuidad histórica, si carecemos de historia, no avanzaremos en nada. Para empezar, si la ideología de la ganancia continúa esclavizándonos en el trabajo al imponer la división de tareas: los trabajos considerados “complejos” y las tomas de decisiones para los hombres, los más sencillos, y de menor responsabilidad y sin derecho a la palabra, para las mujeres. Habría que impulsar una verdadera transformación cultural, para que no nos encontremos con los mismos corsés . Esta movilización tiene que venir también de la sociedad civil, no podemos esperar eternamente que las instituciones sean las que dicten la ley. Por decir algo puntual, la libertad sexual no tiene porque ser una trampa mientras no la transformemos en un objeto, en una forma de “producir” prestigio a través de la maternidad, en un arma de dominación al creer que podemos transformar a la prostitución en un oficio. Mientras no nos dejemos colonizar nuevamente por estas corrientes conservadoras que nos colocan en legisladoras del cuerpo y del deseo, podremos seguir avanzando en esta tarea de reconstruir una imagen polivalente de la mujer como persona, como ser completo.
Entramos a una etapa de la historia en que los tiempos de dominación ideológica son menos absolutos, en los cuales los medios de producción se han modificado, y, a lo mejor con ello, las mentalidades. El conformismo aparente de las mujeres tiene que ver con un desconcierto general, estamos ante una crisis de modelos de civilización y ante todo de valores de civilización, pero, también de modelos de masculino y femenino, así como de jerarquías, y, sobre todo, de autoridad.  Si en el siglo XX el capitalismo ha convertido al mundo en un enorme mercado, incluso los roles en sociedad están sometidos a él, creo que este momento exige que comprendamos que de alguna manera, la peor parte la llevamos nosotras por dejar que se nos siga viendo como  una mercancía. Una mujer sigue importando más por el prestigio social de la belleza, por saber quedarse callada, que por su participación en la cosas de la Cité. No es una aspiración de burguesa hablar de aborto, es una cuestión de salud, de ciudadanía plena, de derecho fundamental a elegir una opción vital. No es solo “un cuarto propio” lo que necesitamos, es decir, independencia económica, sino también una revolución copérnica en la manera de pensar, que nuestra voz sea atendida, escuchada, y contestada. Necesitamos una nueva visión de la vida en común, de la vida cotidiana de la mujer, de los roles en el espacio privado y en el público,  modelos, que hagan visible otra cosa que la imitación de los valores patriarcales. En realidad, los valores culturales de nuestra época nos colonizan de la misma manera que a lo hombres. Si empezamos a romper la tiranía de la sumisión a los valores dominantes, en función de la ganancia y el prestigio de poseer más que de ser  (las mujeres de la burguesía no actúan por miedo a perder un cierto confort, pero también por miedo a la desprotección y la exposición, una mujer sola, pobre es todavía más frágil), si empezamos a plantearnos la vida en común a partir de otros valores que no exijan la competencia, ni la imitación, si no complementarse, una vida que dejaría más tiempo para dedicarnos a trabajar en lo que nos interesa, una vida más creativa, a lo mejor viviremos de forma más serena, más libre, y más plena. Yo creo que tenemos que salir de este espiral de encierro y angustia que nos ha dado el capitalismo como única forma de vivir en el poseer, de leernos a través de valores únicamente materiales,  de esa identidad entre quién es el “amo y el esclavo” para ir hacia una sociedad de iguales, una felicidad sobria, razonada, con pasión, con valentía.