miércoles, 4 de octubre de 2017

otro tema candente: Las mujeres ausentes de la literatura

Cuando Simone de Beavoir escribió en el Segundo sexo que las mujeres estábamos ausentes de la Historia, era la primera vez que se escuchaba algo así después de que Marx y Engels dijesen que habíamos perdido en la historia al no haber existido matriarcado, o algo así. No sé si la cita es exacta, pero iba en ese sentido. O Flora Tristán que comprende muy rápido que lo importante es "nombrar". Representación. Imaginación, significación entonces. Hasta finales del siglo XIX, las mujeres que han luchado por los derechos de todas nosotras, desde la más anónima hasta la más conocida, no han sido escuchadas sino ha sido a media voz. Angela Davis dio inicio a un feminismo distinto al señalar la situación histórica de las mujeres doblemente marginadas (socialmente y racialmente) , ahora mismo, las mujeres que defienden un feminismo islámico, aunque suene a oximorón, reivinidacn una apropiación de las corrientes espirituales del islam para poder secularizar la religión y ser dueñas de un capital simbólico. Mientras tanto, en América latina, nuestras reivindicaciones son más sociales, tienen que ver con la subsistencia, y poco nos importa la representación (la imagen y modelo) que tenenos de nosotras mismas y dejamos ese trabajo a los hombres. Al final de cuentas son ellos los que siempre "nos han imaginado" en el mundo, han creado personajes femeninos dignos de ese nombre, desde Madame Bovary hasta Anna Karenina, la tradición occidental nos ha dado nombres, prestado rostros (o máscaras), vidas de mujeres, pero la nuestra, que empieza imitando, que no tiene muchas mujeres escribiendo,  solo ha dado algunos personajes, la mayoría de las veces, sin rostro. No podría citar un solo personaje imaginado por una mujer. Ahí empieza el problema.

hablar en lenguaje popular, que no es populismo, ojo con este término, razonar con términos corrientes, del uso de la calle, no es rebajar el debate, es solo encarnarlo. Pero también hay otro aspecto, el lenguaje popular, en estos casos, muchas veces tiende a esquematizar el debate, a ridiculizarlo, o a encasillarlo en un código de expresión que no permite "ir más alla". De alguna forma lo limita, auqnue esa no sea la intención. Podemos apoyarnos en ese lenguaje popular pero debemos ir más allá, escarbar... la risa, la ligereza son indispensables, solo que repetidas, dan la impresión que no podemos tomarnos en serio, nos reímos de nosotras mismas, integramos la mirada de nuestro carcelero, además, las ideas no siempre son emocionales, se enraizan. Y aquí hago una referencia concreta a un debate que circula en este momento en las redes sobre la ausencia de mujeres en un debate en Madrid sobre las "tendencias de la literatura peruana".... sic...
Solo se invitó a una autora (Gabriela Wiener) que ha tenido la osadía de decirlo públicamente, negándose a asistir por ser la "única mujer invitada". Ese es un punto, otro sería, ¿por qué no reflexionamos sobre el hecho de tener que ser amables o buena gente con los hombres que se pasan la posta sin ningún escrúpulo y haciendo como si las mujeres no existieran? ¿Es necesario mantener buenas relaciones con ellos y ha servido de algo buscarlos como aliados? Hasta ahora nada ha cambiado. Nunca ha habido una tribuna sobre el tema, los Marianos, los Santiagos (con o sin botas), los zares y tribunos, jamás han abierto el pico para decir que las cosas están como están, ni allá, ni aquí por cierto. Sociedades patriarcales, de tradición judeo-cristiana y de dominación masculina, blanca, imitadora de blanca, y colonizada...

El lenguaje

Tenemos un grupete de hombres al mando de ese barco a la deriva  que es la literatura, sin aparato crítico, sin historia. Ojo, el lenguaje es lo que nos distingue de los demás seres vivos, es el instrumento con el cual pensamos y nos representamos nuestra realidad, pero, ¿siempre es así y hasta dónde llegamos con él? Cuando hablamos de "reproducción social", intentamos decir que el lenguaje reproduce "formas de representación", muchas veces colonizadas. Es lo que trató de hacer ver el escritor keniato Ngugi Wa Thiong o, en su libro "Descolonizar la mente" al desmantealr la colonización a través de la educación y la literatura, la más importante en transmitir valores "simbólicos".  Para mantener una situación de dominación, la literatura juega un rol importante, sirve para mantener la imaginación prisionera de algunas "formas de representación", entre ellas las que nos conciernen. Pero la literatura no solo nos ofrecen modelos de mujeres, prototipos, o estreotipos que se convierten en moldes, sino que nos preservan de inverntanos otros nuevos, más críticos o más libres. Por eso, quienes mantienen las puertas cerradas de ese capital simbólico, de alguna manera mantienen una sociedad "bajo control".
Es muy posible que muchos hombres no se den cuenta de cuan dominados están por una forma  primaria de representarse a la mujer: misógina, machista y patriarcal. Quienes se dejan encerrar padecen también ese encierro, se deprimen cuando no encajan en el rol de "depredador", no saben competir en el terreno público y se repliegan o se buscan una "mujer" que les dé la seguridad que no encuentran en el exterior.
No me voy a ocupar de ellos, sino de nosotras ahora.

El nosotras.

muchas veces las mujeres necesitan juntarse con hombres de poder para poder ascender, deben ser suaves, permisivas, o imitarlos para ser aceptadas. No pueden sino inscribirse en un maenstream, porque si son mujeres contestarias, la tarea será más complicada. Hay un feminismo que no cuestiona el sistema, que se aimenta de él y cree de manera ciega en ese "emprendedurismo" neoliberal que domina buena parte del planeta, ese sistema que le exige sacrificio, tragar culebras, anularse, o terminar produciendo patologías con su propio cuerpo, síntomas que van desde los dolores, crisis de angustia, despersonalización etc. O sea, la representación de su propia situación en el mundo está limitada, tiene que elegir entre los modelos que le ofrece la sociedad, muchas veces ofrecidos a una sociedad de consumo sedienta de estereotipos relamidos, identidades comunitarias, cerradas, que tienden a dejar fuera a otras mujeres. Lo peor de todo es que si un grupo emerge, solo lo hace si se pliega a ciertas reglas, ser dócil con el sistema dominante.

Me parece que hay algo de eso con ciertas nuevas corrientes que se inscriben con una lógica comercial, cediendo así a las presiones del mercado que reduce a quien se pliega a un medio de ganancia, a algo reemplazable en cuanto deja de servir a esos fines. ¿Podemos pensar seriamente que tener éxito con alguna etiqueta es durable y es legítimo? Las mujeres podemos estar más conscientes de eso y luchar por una libertad auténtica, escribir y escribirnos con nuestros propios instrumentos, no dejarnos dominar ni colonizar. No somos productos, y la literatura no es un producto, es un instrumento que piensa y se piensa, que crea nuevos modelos de mujeres, que da la palabra a quienes no la tienen, que estructura, y que da sentido, en resumen, un hecho fundamental en nuestras vidas.

La visión de algunos escritores sobre lo que escriben las mujeres es muchas veces de "perdona vidas", te dejo hablar si me das espacio, el intercambio, la literatura está viciada con los códigos del mercado que la están llevando al vacío.  Los hombres que escriben mantienen el poder simbólico porque se lo dejamos libre. Nos referimos a ellos y les dejamos el espacio que nosotras podemos llenar con escritura.

Espero que nos vayamos entendiendo. La economía aplicada a la literatura la convierte en un medio y no una forma vital de existencia, alimentando los modelos de dominación que nos pisan el vestido desde hace siglosLas nuevas elites literarias se mantienen sobre las cabezas aplastadas de mujeres y honbres que se rinden o se agarran de los pantalones de algún cacique trasnochado, mandarines en caída libre, etc- Los tiempos han cambiado, no hay forma de hacer que las cosas retrocedan al siglo XIX, aunque nuestra manera de pensar siga estando allí.

intento una lista de novelistas peruanas que me viene a la memoria, ojo, no he leído las cosas recientes...

Aída Balta
Mariela Salas
Claudia Salazar
Carmén Ollé
Grecia Cáceres
Teresa Ruiz Rosas
Pilar Dughi
Fietta Jarque
Jennifer Thondike
Gabriela Wiener
karina Pacheco
Giovanna Pollarollo

se me deben pasar nombres, quien sepa de algunos nuevos, que los incluya en el comentario.

martes, 3 de octubre de 2017

¿Por qué hay mujeres que odian a otras mujeres?

Lo sé. Hace mucho tiempo que no escribo en este espacio. Demasiadas preguntas y pocas respuestas y retrocedo antes de dar un salto al vacío. La idea de que no podemos opinar en el lugar de otras mujeres infantlizándolas.

Pero sucede en que la única manera de salir de ese círculo de fuego, aunque quemamos alas, es hablar, escribir, estructurar un lenguaje, dar forma a una escritura.

Justamente ahí está el problema que me toca hoy.

quiero hablar desde mi trinchera en Francia, tan solitaria, tan poco visitada. A veces, tengo que abrir una ventana para respirar o salir corriendo a la calle para no sentir que desaparezco en esta atmósfera de indiferencia y monotonía (mis críticas a la vida moderna en Palincestos tratan de analizar esta parálisis social debido a la repartición del tiempo y el trabajo).  La gran diferencia con la vida en otro espacio, en mi país, por ejemplo, es que las cosas parecen poseer un valor inalienable, la vida en general es asumida de otra forma, hay una cantidad de hechos sencillos, gratuitos. Tiene que ver con una bondad de espacios menos organizados (una cierta anarquía es importante a la imaginación) y no en función de la ganancia, donde las poblaciones tienen tiempo de detenerse a observar los gestos de sus familiares, amigos, gente en general, hablar, compartir, simplemente en vivir.

En una sociedad tan organizada y de alto rendimiento económico (no significa que la vida sea "mejor", se crean necesidades muchas veces inútiles), el resto, la vida, se deja de lado.

Las mujeres quedan rezagadas en esa carrera loca, las más astutas trepan al carro y huyen, pero las más indefensas se quedan a medio camino.

se trata esta vez de una mujer que denuncia el acoso sexual en el medio político, masculino, patriarcal francés- Se trata de una mujer blanca, de provincia, posiblemente vulnerable, que es secretaria del partido ecológico que un día se ve acorralada por un hombre de su mismo grupo político, un hombre ambicioso, de esos depredadores que ascienden sin que nada los detenga en un medio que los favorece y donde las mujeres son parte de ese ascenso, el más depredador, el más vioelnto siembra el silencio y avanza, avanza.

esta mujer, Sandrine Rousseau, decide publicar un libro para cantar en público la humillación, el miedo y la vejación sufrida. El libro se llama "Parler" (Flammarion 2017), Hablar, desalojar, limpiarse. El libro es publicado por esta editorial comercial, francesa, que hace del hecho un medio de comerciar con la desgracia de otras mujeres.  Y una día Rosseau está como invitada en un programa de alta audiencia, chillón, frívolo, donde dos escritores, un hombre (Yan Moix) y una mujer (Christine Angot) son los entrevistadores de los invitado.as, oh,  sorpresa. Cierto, a estos escritores no los conocemos en nuestro ámbito, apenas si se les conoce fuera de Francia, pero aquí tienen el poder de interrogar, juzgar, hundir muchas veces a aspirantes a la "república de las letras" con una crueldad muchas veces patológica. Su ratinng debe mucho a los talk shows baratos que se multiplican en muchas partes, y como eso funciona, dar basura al público, buscar chivos expiatorios con quien purgar todas las frustraciones de la sociedad capitalista, pues ahí estaba la pobre mujer (como nosotras) dispuesta  a aceptar preguntas que muy pronto fuerpon flechas envenenadas, algo así:

Angot: ¿Su libro es un Parler,  es hablar???? no, no..., es un discusrso y un discurso no vale, no tiene valor de nada.
Sandrine Rousseau: pero, yo hablo de algo que he vivido, que ha sido doloroso y que me ha costado escribir
Angot: Cuando una escribe, solo escribe, esas cosas suceden
Sandrine Rousseau: Pero, Cristina (tratando de buscar complicidad que no hace más que aumentar el sadismo de su entrevistadora), qué podía hacer, cómo hacer cuando hablas y nadie te hace caso, nadie te escucha?
Angot: Nada, es así, nadie escucha, eso se sabe. Pues, te las arreglas.

Moix: sí, es un discurso sobre el acoso. No es un libro,  es un discurso. etc...

es decir, el hecho de que la autora del libro haya osado hablar de un tema que es tabú en una sociedad hipócrita que se la pasa dando lecciones de moral al resto del mundo (a las mujeres musulmanas que llevan velo estigmatizándolas como inferiores, por ejemplo) enciende la mecha. No solo se argumenta que la literatura es un hecho no pensado, no razonado (cosa que puede pasar, que la escritura no sea algo razonado ni razonable, sin embargo la elección de un estilo, de un código del idioma, es ya una toma de posición, se escirbe como "alguien" y no como "nadie"), no discursivo, absoluto , somo si el lenguaje y el pensamiento estuviesen separados! sis. Y sin embargo se trata de significantes en la literatura, y Sandrine Rousseau, más allá de sus discurso, quería dar un significante a su sufrumiento, salir dese "miedo infantil" de tomar la palabra en público. Se le acusa de haberse atrevido a querer formar parte de ese "cuerpo sagrado" que es la literatura (sic, sic) en medio de una completa confusión de ideas, que confrontaba a sus límites a los implicados, alimentando su crueldad porque no solo es la confusión de términos e ideas, sino que no se soporta que se hable de la vida privada en público. Tabú, dominación patriarcal, las mujeres cuando sufren se callan, C est comme ca, chilló la madame Angot.. Es decir, nada debe ser nombrado directamente cuando se trata de la vida privada, la ficción sería el único salvoconducto, solo que antes hay que pedir permiso al tribunal de letras, ojo. ¿Y qué sino es un texto literario, literal, y todas esas declinaciones? La invitada no pretendía que se la reconociera como autora, lo que había en el fondo es más grave: se le acusaba de estar usando a literatura como trampolín, oh, ignominia, ¿cómo se atreve? ¿Cómo?

Para empezar habría que recordarles que toda puesta en forma de una experiencia por escrito puede ser literatura, que no tiene por qué no existir discurso, sino Proust, que empezó escribiendo ensayos antes de que sea A la búsqueda de..., iría a la basura, que todo es ficción en la vida, y que ellos no son nadie para decidir qué es literario o no, que no estamos en el siglo XIX. O peor aun que sean tan insensibles a la vulnerabilidad del otro.as y que se haga de este hecho deplorable un espectáculo del cual son cómplices voluntarios. Nadie dice que quienes escriben son buenas personas, hay cretinos en abundancia y mujeres sin nada qué decir, pero una autora que, como Angot, sabe lo que es la violación, que no logre un mínimo de empatía, es inquietante, es chato, pobre. Que se arroguen el derecho de maltratar a alguien porque toca las teclas de las sagrada literatura, me revienta. Me parece horrible.

debemos empezar a preguntarnos hasta dónde puede existir una separación  entre lo público y lo privado, ese prutito burgués tan falso y con olor a farsa.

la mujer es devuelta constantemente a su cuerpo, a su cuerpo como inmanencia, como carga. Y  como peligro, como provocación in fine. La mujer que escribe varios libros sobre incesto, escalpela a su congénero, simplemente porque no soporta que hable del mismo tema y haga de ello una lucha política, es decir, lo que ella no le da la gana hacer, y que no lo haga, pero que no joda. Punto.

Una escritora es un escritor, añadió hundiéndose más, ajustándose el cintillo, escupiendo casi, uf, patético.  Que ella se masculinice, que acepte las rodilleras que le impone la sociedad, es su problema, pero que no se lo imponga como una autoridad a otra persona.

En resumen, es tan patético este machismo consentido en Francia, que las mujeres no tenemos  donde voltear la cara. A donde lo hagamos, hay alguien dispuesta a linchar, entre ellas, muchas mujeres.

Mierda.

que no se hable más de los derechos humanos, son los derechos del hombre, como decía Olympia de Gouges que redactó una declaración de los derechos de la mujer y fue guillotinada por girondina.

Un mundo de hombres con mujeres que quieren ser hombres, Un solo género entonces...

vade retro.
regreso al tema luego.
Pausa, necesito tomar aire-

martes, 7 de marzo de 2017

¿Por qué retrocede el feminismo?


¿Por qué retrocede el feminismo?

Por Patricia de Souza

¿Es posible que la dominación social, sexual y simbólica de la mujer se pueda  entender únicamente en cifras? Nada más simple que una cifra, nada más paralizante e indiferente. Una cifra hace un llamado a la lógica, extrae de contexto, petrifica. Por eso, aunque las estadísticas de esta dominación sigan siendo inquietantes, ahora más que nunca en una sociedad tan conectada, no voy a recordarlas, sino pensar el por qué el feminismo se entrampa en un debate estéril. Si Marx y Engels en su Historia de la familia dijeron que la mujer había perdido la batalla histórica por no haber participado, lejos de verificar si existieron matriarcados en sociedades no occidentales, como lo quiso demostrar Johann Bachofen, estas formas de opresión poseen una historia y un mapa cada vez más claro de exclusión. Se tiende a rechazar la idea de que las mujeres no posean los mismos derechos que los hombres en una época globalizada y de “proletarización del consumo” que ha modificado el sentido común de la mayoría, es decir, el silogismo de “si consumo existo, y si todas consumimos, existimos”. El abaratamiento de la producción, en detrimento de la calidad, reproduce los mismos esquemas al pensar, y, sin darnos cuenta, protegemos el legado cultural de nuestros dominantes. Lo que parece globalizado es el modelo binario de salario-consumo. O sea, tener los mismos paradigmas de bienestar, soñar y desear (el deseo mimético, por imitación y alienación) los mismos objetos en una sociedad dominada por la ganancia que produce una imbricación entre división social y división sexual del trabajo, una confusión entre esfera pública y privada, una reclasificación del rol de la familia y una desvalorización del trabajo doméstico en favor del trabajo salariado (ver Silvia Federicci). Si las relaciones de clase y las relaciones de sexo son irreductibles a la misma cosa,  estas se condicionan y se nutren mutuamente, por lo que no se puede luchar contra la opresión sin hablar de luchar contra la explotación. Pienso en el tema de las “maquiladoras” en México, las empleadas domésticas en mi país, el Perú, y esa larga lista de servilismo consentido por el mundo globalizado.
El problema más complicado es unir las diferentes vertientes del feminismo, dilema post-moderno. ¿Cómo podemos hablar de un discurso totalizante en tiempos de relativismo cultural y de descolonización del conocimiento? Los “universalismos” han sido también el arma de opresión cultural más eficaz, y si somos honestas, son los hombres los que han salido siempre beneficiados, el Uno es idéntico a sí mismo, la mujer tiende a aspirar a ese Uno para dejar de ser fragmentada, el “garcon manqué” freudiano. Debate también entre lo natural y lo adquirido, entre biología y cultura, tópico complicado y sin consenso. Por más que digamos que las mujeres son consideradas como seres completos y con derechos iguales a los hombres, la experiencia tiende a mostrar lo contrario: feminicidios en aumento, rezago social, laboral, e intelectual,  la legislación avanza pero las costumbres y las mentalidades no siguen el movimiento que parece poseer su propia lógica. Las reivindicaciones son tomadas como  una pose o un discurso “elitista”: solo habla aquella que puede darse el lujo de poder romper con las reglas de la tribu. La religión también se impone en una era de desastre climático, migraciones y descomposición social. Según Michel Maffessoli, el sentimiento trágico surge cargado de mitos donde la mujer tiende a ser más esclava y más sumisa. El capital simbólico subsidiario de la economía de mercado no deja espacio para que la mujer se vea de otra manera que no sea utilitaria, es útil a la comunidad, a la preservación de la especie (vientres de alquiler), pero esa utilidad está supeditada a un servicio, a un aprovechamiento que va siempre en contra de sus derechos como persona y como ciudadana. Este capital simbólico está también garantizado por el poder alienante de su contenido, las mujeres acceden a la cultura dominada y construida por integrantes del medio dominante, aliado del gran capital, sienten que forman parte de ese “todo global” y combaten a aquellas que se resistan a los dictámenes de la hegemonía ideológica. Al menos, esa es la realidad en nuestro mundo occidental donde el espacio social y político está en disputa, donde somos la parte que “no nombra”, como decía Flora Tristán en el siglo XIX, o las “parias” que describió Madame de Stael en sus análisis sobre la literatura escrita por mujeres. Escuché en la radio a la artista Annette Messager, primera mujer en obtener el premio de la Bienal de Venecia en el 2005, a quien la situación de las mujeres en el arte le parecía deplorable, lejos de los tiempos de las “Guerrilla girls”, y más cerca de una condescendencia anestesiada. En la literatura, el medio con más carga simbólica e ideológica, el más dominado y formateado, las pocas voces que logran levantar vuelo, terminan por arrastrar el ala. Ante la falta de consenso de qué es importante para las mujeres dependiendo del lugar de dónde se analice su situación, el mundo se radicaliza marginándolas de manera eficaz, incluso violenta, inmanencia garantizada. Un universalismo es posible dentro de una pluralidad de ideas y representaciones, que es lo mismo a decir que los acuerdos plurales, incluso paradójicos, puedan existir. El feminismo no puede ser el producto de mercado etiquetado como “peligroso”, sometido a la presión social, bajo amenaza de castigo. Atreverse a ser feminista es atreverse a pensar qué significa poseer un cuerpo, pertenecer a una cultura, y qué significa la historia como la narración del relato de nuestra especie, una narración que necesita reflexión del por qué no estamos presentes, puesto que estamos en condiciones de hablar. Antes de que sea un balbuceo.
Antes de que sea un balbuceo.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Elena Garro y el feminismo

La batalla de Elena Garro y el feminismo

Por Patricia de Souza
No sé hasta cuándo podremos asumir el tono condescendiente de algunos hombres cuando se trata de hablar de las mujeres en la literatura o en el arte. Cierto que las mujeres empiezan a escribir mucho más, aunque esa necesidad de expresarse evite debates de fondo sobre la visibilidad o la autoridad que se reconozca a la historia de la literatura. En general se infantiliza a las mujeres y se las deja hablar mientras no molesten, como sucede con cierto feminismo que trata de integrarse a la marcha general apostando a caballo ganador. La batalla política por el poder tiene  ahora mismo su epicentro en el cuerpo de la mujer. También es verdad que colocarse en el lugar de víctima crea un verdugo, aunque negarlo sería consolidar una situación que existe desde el comienzo de la historia de la humanidad. Un caso reciente de esta discriminación normalizada se hizo visible hace poco a propósito del centenario del nacimiento de la  escritora mexicana Elena Garro (1916-1998). La vida de esta autora ha pasado por las manos veloces de varios autores apurados en encasillarla en el personaje histérico y alienado, desleal con el fue su esposo, Octavio Paz. No se trata de salir en defensa de una mujer autora simplemente por el hecho de pertenecer al mismo género, como decía en el siglo XIX, Madame de Stael, las mujeres son como los parias de la India y nadie las defiende, sino de no seguir esparciendo ese gas paralizante del conformismo. Encontrarse con la displicencia llama a reacción y a una reflexión sobre qué está pasando con la literatura, sobre todo, si el hecho de que las mujeres escriban signifique una liberación. Yo creo que no significa en absoluto nada que tenga que ver con la libertad, es muchas veces, la imitación de un modelo, el masculino, en sus diversas versiones. Es el gran Otro el dominante, la referencia en la imaginación y la representación del propio cuerpo femenino. Y en el lenguaje. Muchas veces escribir significa, en esta época de cálculo matemático para sobrevivir, convertirse en mercancía y venderse al mejor postor. Significa también ponerse en el lugar de ese Otro que domina, convertirse, como decía en Luce Ichigaray en un “sexo que no es uno”. Porque somos ese rostro que muchas veces es una máscara, ese cuerpo cocido con molde, esa cabeza colonizada. De esclavas del patriarcado pasamos a ser nuestras propias esclavas tratando de satisfacer un deseo que no nos pertenece, pero, ¿a quién entonces pertenece? A la  ideología dominante que nos sigue viendo como objetos. Y cuidado con la que se atreva a romper con las reglas de la tribu. Es indispensable la deconstrucción de los modelos que nos han pegado a la piel para juntarnos en el tropel. A cada voz silenciada, a cada mujer muerta, una cifra que aumenta las estadísticas sin que cambie nada. Por eso, una mujer que “posee un mundo” , que hablaba con voz propia, porque Elena Garro construyó un paisaje literario autónomo, de silencios y de dimensiones vastas, a veces fatalista y dramático sobre México, no tendría por qué estar en el patio de atrás esperando a que le coloque la nota de “buena conducta”. Ella creó las escenas vivas donde se sigue oyendo el lado irreductible de sus personajes en resonancia con una experiencia interior de la historia, hecha sobre todo de lenguaje. A cada gran fresco de la historia mexicana, que la autora pinta con brocha gorda, se impuso el detalle de la artista, la ventana abierta hacia el conflicto de identidades masculino/femenino, malos/buenos, en las que los roles  dialogan y se enfrentan para existir de otra manera. Sacarla de la sala de las olvidadas, es trabajo de los exégetas, pero decir que su trabajo como escritora, como una de las primeras en salirse del esquema dominante, y hacer lo que se etiquetó después como Realismo mágico, es fundamental. Fue al margen de su vida con Paz y de sus derrapes como supuesta acusadora en el negro episodio de Tlatelolco. ¿Por qué tanta gente reconoce una trayectoria masculina y tarda tanto en reconocerlo en una mujer? Porque las mujeres no pueden pensar, y son, ante todo, un cuerpo, una mercancía. Publicar, hablar, no es una revolución. Se trata también de emplear un lenguaje propio, en salirse de la dominación de cuerpo y pensamiento para decir que no estamos repitiendo lo mismo que las feministas de los años setenta que lograron que se legalice el aborto, recibir un buen sueldo y, al final, hacer lo mismo que los hombres, incluso superarlos consolidando la esclavitud que impone el sistema. Tenemos en los Estados unidos, una Hillary Clinton que es figura proa del feminismo neoliberal y amiga de las finanzas. El problema de las mujeres consiste en cómo nos representamos a nosotras mismas y cómo nos representamos a la realidad en general. La verdadera batalla es la representación del cuerpo femenino. Una referencia en la historia de la literatura escrita por mujeres como Elena Garro, convertida en una estatua de barro, debilita nuestra imagen instalando la tradicional desconfianza hacia las mujeres autoras, porque se trata de eso, de ser irreductibles aun solo modelo como autoras, como personas enteras.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La noche colonial

La memoria y el lenguaje: el cuerpo es la memoria viva de lo vivido, es la marca, a veces dolorosa, de una situación en el mundo.
Tener que escribir no es algo sencillo, no. Escribir es asumir la responsabilidad de hacerlo como si la escritura (las marcas), que están inscritas en alguna parte secreta de nuestra memoria, golpeasen para salir de un cuerpo que muchas veces se ignora, sin reconocerse en el habla popular ni en los discursos dominantes. Estas marcas, bastardas, están agarrotadas en algunas partes concretas, en los puños, las rodillas, el cuerpo de la mujer se ha convertido en el centro de una guerra política sin precedentes para contralarlo. El lenguaje, sin duda, se ve afectado. Atravesamos un tiempo en que muchas cosas han cambiado para el común de las personas, la noción de espacio y tiempo es una de ellas, debido a la velocidad de la comunicación y la impresión de vivir en un mundo plano, unida a la idea dominante de que el ser humano debía imponerse a la naturaleza separándose de ella. Ahora la naturaleza reclama su derecho a ser reconocida como una entidad viva, y deja que otras voces, de culturas no occidentales, remuevan el paradigma moderno instalándola en el centro de la vida moderna. Toda cultura tiene una visión del mundo, es cosmología pura que lucha por sobrevivir. Es el caso de las culturas precolombinas indígenas de nuestros países, por tanto tiempo vistas como ornamentales y salvajes. Es ahí de donde salimos nosotras, de esa cultura mestiza, ignorada y subordinada a las sociedades occidentales. Sin embargo, el espacio geográfico es hoy mucho más subjetivo y tirano. Las redes sociales lo han ampliado ad infinitum y el mundo parece más pequeño.
No estamos tomando en cuenta este aspecto : la disposición del texto (y de su duración al ser leído o la atención que se le pueda dedicar), es también una nueva medida de tiempo con la que cada persona acepta recorrerse incluso limitada, obligada a afirmarse en sus percepciones y centrarse más sobre sí misma. Quien pueda rodearse de todos los dispositivos necesarios para estar presente en las redes virtuales, entenderá que su presencia se ha multiplicado aunque su cuerpo esté completamente ausente. No hay entonces respuesta, el sujeto que formula es casi absoluto, y tal vez eso explique mejor algunos nuevos fascismos. El idioma encarna siempre el espíritu de su época. Ese sujeto, por otro lado, sigue siendo masculino.
Si Stéphane Mallarmé pensó que la escritura llegaba a sus límites (el espacio en blanco como el abismo del texto), creo que ahora deberíamos plantearnos el problema de cómo es posible representarse un cuerpo completo y si la memoria, como la entendíamos hasta el siglo XIX, sigue funcionando de la misma manera. Recordar no es tratar siempre de recrear sino juntar dispositivos, imágenes y textos que nos vienen también de fuera. Puede que nuestro esfuerzo sea cada vez más laxo y nuestra conciencia más ociosa.
La escritura, que casi siempre se ha mantenido en contacto con el inconsciente, con el mundo de los sueños, está mucho más invadida por el mundo concreto, sobre todo por las imágenes. Intuyo que, en este momento, sea casi imposible soñar (el antropólogo Marc Augé me comentó un día que en sociedades post-industriales la gente casi no sueña, es raro que alguien recuerde sus sueños), es como si ese espacio, que Freud llamó inconsciente, se hubiera convertido en un barullo inmediato (un coro) que cada persona debe escuchar con el riesgo de enloquecer o silenciar su propia música. Estamos habladoAs por otroAs más que por nuestro lenguaje. Y nos estamos quedando sin texto, es decir, sin nada que decir en esta Torre de Babel.
Esto me recuerda un poco a lo que Georges Didi Huberman entiende por «imposibilidad de la representación» (refieriéndose al Holocausto): ¿estaríamos llegando a una etapa en la que no podemos representarnos nada porque es demasiado inmenso y nuestro lenguaje es limitado ? ¿Es acaso el negro de esa inmensidad o la blancura de la imagen irrepresentable lo que hace que podamos convertirnos todos y todas en nihilistas? La presencia exterior es muchas veces violenta e intensa como para poder dejar que ese espacio interior, lleno de simbologías y de acomodamientos veloces con la realidad, pueda emerger sin verse afectado. Es una técnica (techné) la que funciona (saber mantener un Yo no fragmentado), y luego, la perfomance, la representación social a la que se nos empuja siempre (como lo explicó Judith Butler), exigiendo un discurso, una manera de entender el mundo. Las mujeres somos las más colonizadas, las que no producimos «signos de identidad», las subdesarrolladas, las pobres, las desclasadas, hererosexuales, gays, trans, negras o mestizas. La identidad depende del valor que se le otorga a un discurso, del «cómo» será interpretado por quien domina, ya sea por su forma o por el espacio que ocupe en la sociedad. Hace unos días, le decía a un amigo que para escribir es necesario dejar que el espacio íntimo emerja, salir de la comunicación (del uso de la palabra utilitaria) para internarse en el mundo de la gratuidad del texto, de lo simbólico y dejar la puerta abierta para que los significantes representen otras cosas.
No hemos vivido nunca una época tan estandarizada y más alienada que la nuestra. Todo tiende a consolidar esa dominación y a garantizar que las más pobres, y los hombres y mujeres que se presten a esta tarea, consolidarán esa explotación destinada a secuestrar el intento por poseer un lenguaje. Entretando, las mujeres como grupo humano visible, como historia narrada, habrá desaparecido. La lucha es contra esa marea formateada, aseptizada, que entrena y somete a la que no posee el dominio del discurso.
El trabajo como escritora es uno de ellos, es una botella al mar que casi nadie va a recoger porque el mar es vasto. Es la «Carta robada» del cuento de Poe. Recordar, y tratar de recordar bien, es toda una tarea, como decía Paul Ricoeur. No sé cómo se puede hacer ese trabajo sin tomar en cuenta los vacíos de sentido que todo lenguaje posee, sus diferentes mutaciones, incluso, las patologías que menciono y que hacen que el cuerpo sea el centro de esa incapacidad de escribirse, ins-cribirse. Hasta la fecha la influencia «positivista» del lenguaje impide hacerse preguntas sobre su capacidad de reflejar la realidad “tal y como es”. La biologización de la sociedad dividida de manera binaria, masculino/femenino, blanco/negro, ha agotado un esquema que ahora se ve obligado a nombrar otras representaciones, incluso el hecho de si es posible la continuidad de una sociedad dividida solo en dos géneros construidos culturalmente.
Es necesaria una deconstrucción, y no creo que sea posible si no partimos de lo ya adquirido. Sin embargo, ¿podemos confiar en nuestras ideas sabiendo que son parte de una dominación simbólica, de una colonización? Nuestra confianza en el idioma materno nos viene desde la religión (como creencia en el verbo) y de una educación que está más empapada de una ideología que aplica las mismas reglas mercantiles a la literatura. El hecho de hablar de «industria cultural» es revelador. ¿Qué hacemos las escritoras frente a esto? Tal vez seamos las únicas personas en condiciones de desenmarañar esa larga cadena de servidumbres que crea nuestro lenguaje (por ser más esclavas), sus alienaciones y su lado más totalitario. Por ejemplo, es difícil imaginar la despersonalización que produce hablar un “cierto idioma”, hablar el lenguaje de quien domina, reproducir la misma tabla de valores utilizando el mismo orden simbólico. En sociedades dominadas y disfuncionales, el idioma divide, clasifica manteniendo las mismas categorías sociales, los mismos estereotipos que de alguna manera esclavizan a los hablantes.
Muchas veces me he quedado perpleja al comprobar las pocas palabras que conocemos, la pobreza en el lenguaje, los límites en la representación. Es otra economía la del lenguaje, más perversa y más sutil. Todos estos “usos del idioma” están cada vez más lejos de las necesidades y los sentimientos de aquelloAs que los hablan, son producto de la propaganda y del mercado, son slogans. Esta impresión se internaliza en el instante en que decidimos expresarnos por escrito, muchas veces es un freno para decidirse a escribir. ¿Puedo escribir como hablo? La literatura vernacular reproduce el habla, la convierte en imagen de sí misma, casi la petrifica. En este aspecto no tengo las cosas claras, no me atrevería a decir qué es literario y qué no, pero sí a decir que la literatura se separa siempre de la realidad y no devuelve nunca lo que toma sino que lo transforma y, muchas veces, lo deforma.
No recuerdo la cantidad de veces que me he oído hablando con expresiones que me despersonalizan, que no son de mi ámbito afectivo y que me han instalado claramente en el desarraigo. Para escribir, tengo que inscribir la vida. De alguna manera me asalta la misma ansiedad que a Simone de Beauvoir o Elfriede Jelinek, quienes comprenden que el idioma no puede seguir reresentadon la realidad y es en sí mismo un problema. Tengo que ir registrando lo que voy viendo, pero esa tarea es más cruel cuando se desconfía del código en el cual se escribe. Al hablar, nuestras preocupaciones son distintas de las que nos invanden cuando decidimos escribir. Es ahí cuando empieza la escritura. La escritura es también el primer síntoma de la separación del grupo, de la separación de la madre y la ruptura con la autoridad paterna. Si el lenguaje no refleja la realidad, se convierte en un problema, se hace sujeto (El Noveau roman es una muestra). El problema más grave en nuestro tiempo es la representación, el “cómo” nos vamos a representar las cosas, la lucha contra las colonizaciones de conciencia para salir de los “sociolectos” (formas de hablar aprendidas) y pasar al “idiolecto”, la forma de hablar particular. El estilo no es solo una cuestión de forma, es una posición política.
Hablar el idioma de la dominación, de la mayoría, no significa hablar en el idioma de la mayoría, sino “de una forma de hablar de esa mayoría” que se impone en el mercado con su marca de prestigio y todo la voracidad de nuestra sociedad de consumo. La escritura es la lengua de las minorías, de la neurosis de la identidad como mujer, como sujeto, de su casi inexistencia.

lunes, 25 de julio de 2016

El momento de reaccionar

Enstamos viviendo un momento global en el que no podemos huir de la reflexión, en el que tenemos que poner en juego (cuestionando muchas veces) el tamiz con el cual hemos analizado nuestra época, nuestro tiempo, nuestra existencia individual. Pese  que estos tiempos nos llevan a pensar de que somos el mundo entero Yo igual al mundo entero, pese a esa atomización, estamos conminadas a reflexionar dentro de una comunidad de creencias, de valores y cultura.

En cada refelexión no se me olvida desde dónde lo hago y cómo me he construido. Es muy delicado todo esto porque mientras más consciente, más responsable de todo lo que digo.

Yo no creo que se dé un desmoronamiento de las creencias religiosas como se dice, yo creo que esa es una mirada desde Europa. Ahora mismo aumentan, sobre todo la versión radical, de varias creencias religiosas. El descalabro de las ideologías, sobre todo la utopía socialista vista bajo el lente cínico de la política realista, hace que los fanatismos surjan como piedras de salvación. Lo que sucede es que el hecho rmístico está teñido del dogma capitalista. Ultracapitalista. No sé, quiénes, salvo excepciones, plantean salir de este gobierno mundial del neoliberalismo como único modelo. Siempre recuerdo que este modelo es patriarcal. Por lo que las guerras, si son por la apropiación de recursos naturales, o geopolíticas, son también una nueva repartición de poderes para preservar una tradición que existe en todas las culturas. El llamado estado islámico pregona un retorno al califato, la disolución absoluta de la mujer como entidad civil, su animalización, mientras que en Occidente estamos luchando contra la violencia patriarcal que cuesta cada vez más muertas, más invisivilidad social, más pobreza. No sé si lo han pensado, pero esta mañana, al ver la cara siempre masculina de los atacantes y responsables de los atentados, al mirar el mapa de la guerra, la mano masculina es la que lleva el mando y dirige esta lógica de la guerra como forma de gobierno. Ojo, no estoy intentando probar un esencialismo masculino, es decir, que sean ellos los malos de la historia. No hay malos ni buenos, según sigo leyendo yo, hay actores sociales, patologías sociales. Una de estas pistas es la desparición de las fronteras entre masculino y femenino, entre roles y entre la distribución de la vida, o de la preservación de la vida. En un mundo solo de mujeres, que se reproduciría a sí mismo, los hombres quedarían fuera y serían condenados a la extinción, en un  mundo solo de hombres, las mujeres serían solo esclavas (me temo que se dibuja un mundo donde solo habrá hombres, no sé por qué, o sí, porque la figura dominate es la suya, sus valores, su arquetipo guerrero y no poruq elas mujeres no seamos combativas, sino porque es una calidad que se asocia ingenuamente con la virilidad). Tampoco estoy hablando contra la comunidad LGBT, sino que tratando de analizar lo que puede estar llevando a una radicalización de ciertas personas con perfiles suceptibles de radicalidad.  Esta época debe producir mucho vértigo a quien no pueda crear sus propias márgenes. Intuyo que hay una necesidad de "revilirizar" una buena parte del planeta, que, como lo analiza Achille Mbembe, este filósofo camerunés en varios de sus libros, la pérdida virirlidad tendría que ver con un debilitamiento de la potencia sexual traducida en poder militar, intelectual, cultural. Las mujeres estamos más concientes de que necesitamos hacer algo para no ser las perdedoras del clásico de la Historia, pero nuestro capital simbólico es pobre, así que tenemos que enriquecerlo. Creo que vamos a ser nosotras quienes tengamos la otra parte del texto que se debe escribir en este momento de nuestra historia como especie, tenemos que estar a la altura, pensar con independencia y no reproducir el esquema de nuestros dominantes, tenemos que desmontar muchos prejuicios, alienaciones, curar vejaciones e intentar apaciguar, empezando por nostras mismas. No sé cómo va suceder esto, pero reaccionar a ciegas no es la salida. Es aumentar imaginación, escenas a esta vida que se empobrece por usas el mismo uniforme: el consumo.

Para salir de la lógica militar es necesario lenguaje y otra cosa que la lucha banal por el poder patriarcal. Esa es una intuición clara. Tenemos que avanzar hacia otras representaciones menos ligadas a nuestra identidad sexual, es por eso que me choca cuando alguien piensa que no se pueda ser feminista siendo heterosexual (como si esa fuese una categoría inamovible) que es como decir que no se puede luchar por la causa indígena o palestina sino eres tú misma indígena o palestina. La subjetividad es una composión lenta, que modelamos de forma imprevisible y nunca fija. Lo digo en alusión a las declaraciones de la escritora Virginie Despentes que de verdad me han obligado a pensar. Tenemos que pensar, sin miedo a perdernos, a cada instante. Es así.
Hay un feminismo blanco, eurocéntrico y neoliberal que reproduce los mismos esquemas del patriarcado y lo imita. El otro día escuchaba en la radio que muchos sectores blancos-homosexuales veían con desdén a aquellos que son considerados como "atrasados, arcaicos, o menos civilizados" por seguir reclamándose heterosexuales (sic), sobre todo si eran de origen árabe. Me quedé perpleja, o sea, existe una militancia gay o trans que se etnitiza, no puede ser. Salir de esa tranpa es amabdonar las categorías sexuadas. Que la gente haga lo que desee con su cuerpo, pero sin olvidar que el problema es político y no solo de género, oprimidos y oprimidas, colonizados y colonizadas. El tema es complejo y exige ser porosa, no impermeable. Lo que sí no acepto es caer tan fácil en otra trampa, que ser homosexual sea considerada como un avance social y que la otra opción sea vista como algo fuera de época. Es otra tiranía de la representación.

Lima

En agosto se hará una marcha en Lima contra la violencia machista, la sociedad reacciona y eso es bueno, pero ¿qué consecuencias, qué cambios reales? Me da miedo que sea como con la "ley pulpín", mucho alboroto, mucha imitación, mucha gente en la calle, mucha publicidad y cero reflexión. Nadie reflexionaba sobre el sistema neoliberal y su poder depredador, sino en términos de poder adquisitivo, Sucede lo mismo en el Brasil o en Venezuela, mucha gente solo mira el evento como un elemento de consumo, como en una carta donde aparece agradable ante sus ojos sin que eso refeleje un avance verdadero a nivel social, a nivel de representación. Se sigue manteniendo el esquema religioso, la misma repartición de roles, las mujeres no son las más valoradas. La religión es una cosa, la espiritualidad otra.

Todas estas son reflexiones que me urgía poner por escrito. Esperando que podamos pensar con serenidad. Siempre es por confianza que derrapamos, porque, escribir, pensar, es por ahora, un valor mayor en la vida común, no vivir robotizada ni alienada.