martes, 7 de marzo de 2017

¿Por qué retrocede el feminismo?


¿Por qué retrocede el feminismo?

Por Patricia de Souza

¿Es posible que la dominación social, sexual y simbólica de la mujer se pueda  entender únicamente en cifras? Nada más simple que una cifra, nada más paralizante e indiferente. Una cifra hace un llamado a la lógica, extrae de contexto, petrifica. Por eso, aunque las estadísticas de esta dominación sigan siendo inquietantes, ahora más que nunca en una sociedad tan conectada, no voy a recordarlas, sino pensar el por qué el feminismo se entrampa en un debate estéril. Si Marx y Engels en su Historia de la familia dijeron que la mujer había perdido la batalla histórica por no haber participado, lejos de verificar si existieron matriarcados en sociedades no occidentales, como lo quiso demostrar Johann Bachofen, estas formas de opresión poseen una historia y un mapa cada vez más claro de exclusión. Se tiende a rechazar la idea de que las mujeres no posean los mismos derechos que los hombres en una época globalizada y de “proletarización del consumo” que ha modificado el sentido común de la mayoría, es decir, el silogismo de “si consumo existo, y si todas consumimos, existimos”. El abaratamiento de la producción, en detrimento de la calidad, reproduce los mismos esquemas al pensar, y, sin darnos cuenta, protegemos el legado cultural de nuestros dominantes. Lo que parece globalizado es el modelo binario de salario-consumo. O sea, tener los mismos paradigmas de bienestar, soñar y desear (el deseo mimético, por imitación y alienación) los mismos objetos en una sociedad dominada por la ganancia que produce una imbricación entre división social y división sexual del trabajo, una confusión entre esfera pública y privada, una reclasificación del rol de la familia y una desvalorización del trabajo doméstico en favor del trabajo salariado (ver Silvia Federicci). Si las relaciones de clase y las relaciones de sexo son irreductibles a la misma cosa,  estas se condicionan y se nutren mutuamente, por lo que no se puede luchar contra la opresión sin hablar de luchar contra la explotación. Pienso en el tema de las “maquiladoras” en México, las empleadas domésticas en mi país, el Perú, y esa larga lista de servilismo consentido por el mundo globalizado.
El problema más complicado es unir las diferentes vertientes del feminismo, dilema post-moderno. ¿Cómo podemos hablar de un discurso totalizante en tiempos de relativismo cultural y de descolonización del conocimiento? Los “universalismos” han sido también el arma de opresión cultural más eficaz, y si somos honestas, son los hombres los que han salido siempre beneficiados, el Uno es idéntico a sí mismo, la mujer tiende a aspirar a ese Uno para dejar de ser fragmentada, el “garcon manqué” freudiano. Debate también entre lo natural y lo adquirido, entre biología y cultura, tópico complicado y sin consenso. Por más que digamos que las mujeres son consideradas como seres completos y con derechos iguales a los hombres, la experiencia tiende a mostrar lo contrario: feminicidios en aumento, rezago social, laboral, e intelectual,  la legislación avanza pero las costumbres y las mentalidades no siguen el movimiento que parece poseer su propia lógica. Las reivindicaciones son tomadas como  una pose o un discurso “elitista”: solo habla aquella que puede darse el lujo de poder romper con las reglas de la tribu. La religión también se impone en una era de desastre climático, migraciones y descomposición social. Según Michel Maffessoli, el sentimiento trágico surge cargado de mitos donde la mujer tiende a ser más esclava y más sumisa. El capital simbólico subsidiario de la economía de mercado no deja espacio para que la mujer se vea de otra manera que no sea utilitaria, es útil a la comunidad, a la preservación de la especie (vientres de alquiler), pero esa utilidad está supeditada a un servicio, a un aprovechamiento que va siempre en contra de sus derechos como persona y como ciudadana. Este capital simbólico está también garantizado por el poder alienante de su contenido, las mujeres acceden a la cultura dominada y construida por integrantes del medio dominante, aliado del gran capital, sienten que forman parte de ese “todo global” y combaten a aquellas que se resistan a los dictámenes de la hegemonía ideológica. Al menos, esa es la realidad en nuestro mundo occidental donde el espacio social y político está en disputa, donde somos la parte que “no nombra”, como decía Flora Tristán en el siglo XIX, o las “parias” que describió Madame de Stael en sus análisis sobre la literatura escrita por mujeres. Escuché en la radio a la artista Annette Messager, primera mujer en obtener el premio de la Bienal de Venecia en el 2005, a quien la situación de las mujeres en el arte le parecía deplorable, lejos de los tiempos de las “Guerrilla girls”, y más cerca de una condescendencia anestesiada. En la literatura, el medio con más carga simbólica e ideológica, el más dominado y formateado, las pocas voces que logran levantar vuelo, terminan por arrastrar el ala. Ante la falta de consenso de qué es importante para las mujeres dependiendo del lugar de dónde se analice su situación, el mundo se radicaliza marginándolas de manera eficaz, incluso violenta, inmanencia garantizada. Un universalismo es posible dentro de una pluralidad de ideas y representaciones, que es lo mismo a decir que los acuerdos plurales, incluso paradójicos, puedan existir. El feminismo no puede ser el producto de mercado etiquetado como “peligroso”, sometido a la presión social, bajo amenaza de castigo. Atreverse a ser feminista es atreverse a pensar qué significa poseer un cuerpo, pertenecer a una cultura, y qué significa la historia como la narración del relato de nuestra especie, una narración que necesita reflexión del por qué no estamos presentes, puesto que estamos en condiciones de hablar. Antes de que sea un balbuceo.
Antes de que sea un balbuceo.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Elena Garro y el feminismo

La batalla de Elena Garro y el feminismo

Por Patricia de Souza
No sé hasta cuándo podremos asumir el tono condescendiente de algunos hombres cuando se trata de hablar de las mujeres en la literatura o en el arte. Cierto que las mujeres empiezan a escribir mucho más, aunque esa necesidad de expresarse evite debates de fondo sobre la visibilidad o la autoridad que se reconozca a la historia de la literatura. En general se infantiliza a las mujeres y se las deja hablar mientras no molesten, como sucede con cierto feminismo que trata de integrarse a la marcha general apostando a caballo ganador. La batalla política por el poder tiene  ahora mismo su epicentro en el cuerpo de la mujer. También es verdad que colocarse en el lugar de víctima crea un verdugo, aunque negarlo sería consolidar una situación que existe desde el comienzo de la historia de la humanidad. Un caso reciente de esta discriminación normalizada se hizo visible hace poco a propósito del centenario del nacimiento de la  escritora mexicana Elena Garro (1916-1998). La vida de esta autora ha pasado por las manos veloces de varios autores apurados en encasillarla en el personaje histérico y alienado, desleal con el fue su esposo, Octavio Paz. No se trata de salir en defensa de una mujer autora simplemente por el hecho de pertenecer al mismo género, como decía en el siglo XIX, Madame de Stael, las mujeres son como los parias de la India y nadie las defiende, sino de no seguir esparciendo ese gas paralizante del conformismo. Encontrarse con la displicencia llama a reacción y a una reflexión sobre qué está pasando con la literatura, sobre todo, si el hecho de que las mujeres escriban signifique una liberación. Yo creo que no significa en absoluto nada que tenga que ver con la libertad, es muchas veces, la imitación de un modelo, el masculino, en sus diversas versiones. Es el gran Otro el dominante, la referencia en la imaginación y la representación del propio cuerpo femenino. Y en el lenguaje. Muchas veces escribir significa, en esta época de cálculo matemático para sobrevivir, convertirse en mercancía y venderse al mejor postor. Significa también ponerse en el lugar de ese Otro que domina, convertirse, como decía en Luce Ichigaray en un “sexo que no es uno”. Porque somos ese rostro que muchas veces es una máscara, ese cuerpo cocido con molde, esa cabeza colonizada. De esclavas del patriarcado pasamos a ser nuestras propias esclavas tratando de satisfacer un deseo que no nos pertenece, pero, ¿a quién entonces pertenece? A la  ideología dominante que nos sigue viendo como objetos. Y cuidado con la que se atreva a romper con las reglas de la tribu. Es indispensable la deconstrucción de los modelos que nos han pegado a la piel para juntarnos en el tropel. A cada voz silenciada, a cada mujer muerta, una cifra que aumenta las estadísticas sin que cambie nada. Por eso, una mujer que “posee un mundo” , que hablaba con voz propia, porque Elena Garro construyó un paisaje literario autónomo, de silencios y de dimensiones vastas, a veces fatalista y dramático sobre México, no tendría por qué estar en el patio de atrás esperando a que le coloque la nota de “buena conducta”. Ella creó las escenas vivas donde se sigue oyendo el lado irreductible de sus personajes en resonancia con una experiencia interior de la historia, hecha sobre todo de lenguaje. A cada gran fresco de la historia mexicana, que la autora pinta con brocha gorda, se impuso el detalle de la artista, la ventana abierta hacia el conflicto de identidades masculino/femenino, malos/buenos, en las que los roles  dialogan y se enfrentan para existir de otra manera. Sacarla de la sala de las olvidadas, es trabajo de los exégetas, pero decir que su trabajo como escritora, como una de las primeras en salirse del esquema dominante, y hacer lo que se etiquetó después como Realismo mágico, es fundamental. Fue al margen de su vida con Paz y de sus derrapes como supuesta acusadora en el negro episodio de Tlatelolco. ¿Por qué tanta gente reconoce una trayectoria masculina y tarda tanto en reconocerlo en una mujer? Porque las mujeres no pueden pensar, y son, ante todo, un cuerpo, una mercancía. Publicar, hablar, no es una revolución. Se trata también de emplear un lenguaje propio, en salirse de la dominación de cuerpo y pensamiento para decir que no estamos repitiendo lo mismo que las feministas de los años setenta que lograron que se legalice el aborto, recibir un buen sueldo y, al final, hacer lo mismo que los hombres, incluso superarlos consolidando la esclavitud que impone el sistema. Tenemos en los Estados unidos, una Hillary Clinton que es figura proa del feminismo neoliberal y amiga de las finanzas. El problema de las mujeres consiste en cómo nos representamos a nosotras mismas y cómo nos representamos a la realidad en general. La verdadera batalla es la representación del cuerpo femenino. Una referencia en la historia de la literatura escrita por mujeres como Elena Garro, convertida en una estatua de barro, debilita nuestra imagen instalando la tradicional desconfianza hacia las mujeres autoras, porque se trata de eso, de ser irreductibles aun solo modelo como autoras, como personas enteras.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La noche colonial

La memoria y el lenguaje: el cuerpo es la memoria viva de lo vivido, es la marca, a veces dolorosa, de una situación en el mundo.
Tener que escribir no es algo sencillo, no. Escribir es asumir la responsabilidad de hacerlo como si la escritura (las marcas), que están inscritas en alguna parte secreta de nuestra memoria, golpeasen para salir de un cuerpo que muchas veces se ignora, sin reconocerse en el habla popular ni en los discursos dominantes. Estas marcas, bastardas, están agarrotadas en algunas partes concretas, en los puños, las rodillas, el cuerpo de la mujer se ha convertido en el centro de una guerra política sin precedentes para contralarlo. El lenguaje, sin duda, se ve afectado. Atravesamos un tiempo en que muchas cosas han cambiado para el común de las personas, la noción de espacio y tiempo es una de ellas, debido a la velocidad de la comunicación y la impresión de vivir en un mundo plano, unida a la idea dominante de que el ser humano debía imponerse a la naturaleza separándose de ella. Ahora la naturaleza reclama su derecho a ser reconocida como una entidad viva, y deja que otras voces, de culturas no occidentales, remuevan el paradigma moderno instalándola en el centro de la vida moderna. Toda cultura tiene una visión del mundo, es cosmología pura que lucha por sobrevivir. Es el caso de las culturas precolombinas indígenas de nuestros países, por tanto tiempo vistas como ornamentales y salvajes. Es ahí de donde salimos nosotras, de esa cultura mestiza, ignorada y subordinada a las sociedades occidentales. Sin embargo, el espacio geográfico es hoy mucho más subjetivo y tirano. Las redes sociales lo han ampliado ad infinitum y el mundo parece más pequeño.
No estamos tomando en cuenta este aspecto : la disposición del texto (y de su duración al ser leído o la atención que se le pueda dedicar), es también una nueva medida de tiempo con la que cada persona acepta recorrerse incluso limitada, obligada a afirmarse en sus percepciones y centrarse más sobre sí misma. Quien pueda rodearse de todos los dispositivos necesarios para estar presente en las redes virtuales, entenderá que su presencia se ha multiplicado aunque su cuerpo esté completamente ausente. No hay entonces respuesta, el sujeto que formula es casi absoluto, y tal vez eso explique mejor algunos nuevos fascismos. El idioma encarna siempre el espíritu de su época. Ese sujeto, por otro lado, sigue siendo masculino.
Si Stéphane Mallarmé pensó que la escritura llegaba a sus límites (el espacio en blanco como el abismo del texto), creo que ahora deberíamos plantearnos el problema de cómo es posible representarse un cuerpo completo y si la memoria, como la entendíamos hasta el siglo XIX, sigue funcionando de la misma manera. Recordar no es tratar siempre de recrear sino juntar dispositivos, imágenes y textos que nos vienen también de fuera. Puede que nuestro esfuerzo sea cada vez más laxo y nuestra conciencia más ociosa.
La escritura, que casi siempre se ha mantenido en contacto con el inconsciente, con el mundo de los sueños, está mucho más invadida por el mundo concreto, sobre todo por las imágenes. Intuyo que, en este momento, sea casi imposible soñar (el antropólogo Marc Augé me comentó un día que en sociedades post-industriales la gente casi no sueña, es raro que alguien recuerde sus sueños), es como si ese espacio, que Freud llamó inconsciente, se hubiera convertido en un barullo inmediato (un coro) que cada persona debe escuchar con el riesgo de enloquecer o silenciar su propia música. Estamos habladoAs por otroAs más que por nuestro lenguaje. Y nos estamos quedando sin texto, es decir, sin nada que decir en esta Torre de Babel.
Esto me recuerda un poco a lo que Georges Didi Huberman entiende por «imposibilidad de la representación» (refieriéndose al Holocausto): ¿estaríamos llegando a una etapa en la que no podemos representarnos nada porque es demasiado inmenso y nuestro lenguaje es limitado ? ¿Es acaso el negro de esa inmensidad o la blancura de la imagen irrepresentable lo que hace que podamos convertirnos todos y todas en nihilistas? La presencia exterior es muchas veces violenta e intensa como para poder dejar que ese espacio interior, lleno de simbologías y de acomodamientos veloces con la realidad, pueda emerger sin verse afectado. Es una técnica (techné) la que funciona (saber mantener un Yo no fragmentado), y luego, la perfomance, la representación social a la que se nos empuja siempre (como lo explicó Judith Butler), exigiendo un discurso, una manera de entender el mundo. Las mujeres somos las más colonizadas, las que no producimos «signos de identidad», las subdesarrolladas, las pobres, las desclasadas, hererosexuales, gays, trans, negras o mestizas. La identidad depende del valor que se le otorga a un discurso, del «cómo» será interpretado por quien domina, ya sea por su forma o por el espacio que ocupe en la sociedad. Hace unos días, le decía a un amigo que para escribir es necesario dejar que el espacio íntimo emerja, salir de la comunicación (del uso de la palabra utilitaria) para internarse en el mundo de la gratuidad del texto, de lo simbólico y dejar la puerta abierta para que los significantes representen otras cosas.
No hemos vivido nunca una época tan estandarizada y más alienada que la nuestra. Todo tiende a consolidar esa dominación y a garantizar que las más pobres, y los hombres y mujeres que se presten a esta tarea, consolidarán esa explotación destinada a secuestrar el intento por poseer un lenguaje. Entretando, las mujeres como grupo humano visible, como historia narrada, habrá desaparecido. La lucha es contra esa marea formateada, aseptizada, que entrena y somete a la que no posee el dominio del discurso.
El trabajo como escritora es uno de ellos, es una botella al mar que casi nadie va a recoger porque el mar es vasto. Es la «Carta robada» del cuento de Poe. Recordar, y tratar de recordar bien, es toda una tarea, como decía Paul Ricoeur. No sé cómo se puede hacer ese trabajo sin tomar en cuenta los vacíos de sentido que todo lenguaje posee, sus diferentes mutaciones, incluso, las patologías que menciono y que hacen que el cuerpo sea el centro de esa incapacidad de escribirse, ins-cribirse. Hasta la fecha la influencia «positivista» del lenguaje impide hacerse preguntas sobre su capacidad de reflejar la realidad “tal y como es”. La biologización de la sociedad dividida de manera binaria, masculino/femenino, blanco/negro, ha agotado un esquema que ahora se ve obligado a nombrar otras representaciones, incluso el hecho de si es posible la continuidad de una sociedad dividida solo en dos géneros construidos culturalmente.
Es necesaria una deconstrucción, y no creo que sea posible si no partimos de lo ya adquirido. Sin embargo, ¿podemos confiar en nuestras ideas sabiendo que son parte de una dominación simbólica, de una colonización? Nuestra confianza en el idioma materno nos viene desde la religión (como creencia en el verbo) y de una educación que está más empapada de una ideología que aplica las mismas reglas mercantiles a la literatura. El hecho de hablar de «industria cultural» es revelador. ¿Qué hacemos las escritoras frente a esto? Tal vez seamos las únicas personas en condiciones de desenmarañar esa larga cadena de servidumbres que crea nuestro lenguaje (por ser más esclavas), sus alienaciones y su lado más totalitario. Por ejemplo, es difícil imaginar la despersonalización que produce hablar un “cierto idioma”, hablar el lenguaje de quien domina, reproducir la misma tabla de valores utilizando el mismo orden simbólico. En sociedades dominadas y disfuncionales, el idioma divide, clasifica manteniendo las mismas categorías sociales, los mismos estereotipos que de alguna manera esclavizan a los hablantes.
Muchas veces me he quedado perpleja al comprobar las pocas palabras que conocemos, la pobreza en el lenguaje, los límites en la representación. Es otra economía la del lenguaje, más perversa y más sutil. Todos estos “usos del idioma” están cada vez más lejos de las necesidades y los sentimientos de aquelloAs que los hablan, son producto de la propaganda y del mercado, son slogans. Esta impresión se internaliza en el instante en que decidimos expresarnos por escrito, muchas veces es un freno para decidirse a escribir. ¿Puedo escribir como hablo? La literatura vernacular reproduce el habla, la convierte en imagen de sí misma, casi la petrifica. En este aspecto no tengo las cosas claras, no me atrevería a decir qué es literario y qué no, pero sí a decir que la literatura se separa siempre de la realidad y no devuelve nunca lo que toma sino que lo transforma y, muchas veces, lo deforma.
No recuerdo la cantidad de veces que me he oído hablando con expresiones que me despersonalizan, que no son de mi ámbito afectivo y que me han instalado claramente en el desarraigo. Para escribir, tengo que inscribir la vida. De alguna manera me asalta la misma ansiedad que a Simone de Beauvoir o Elfriede Jelinek, quienes comprenden que el idioma no puede seguir reresentadon la realidad y es en sí mismo un problema. Tengo que ir registrando lo que voy viendo, pero esa tarea es más cruel cuando se desconfía del código en el cual se escribe. Al hablar, nuestras preocupaciones son distintas de las que nos invanden cuando decidimos escribir. Es ahí cuando empieza la escritura. La escritura es también el primer síntoma de la separación del grupo, de la separación de la madre y la ruptura con la autoridad paterna. Si el lenguaje no refleja la realidad, se convierte en un problema, se hace sujeto (El Noveau roman es una muestra). El problema más grave en nuestro tiempo es la representación, el “cómo” nos vamos a representar las cosas, la lucha contra las colonizaciones de conciencia para salir de los “sociolectos” (formas de hablar aprendidas) y pasar al “idiolecto”, la forma de hablar particular. El estilo no es solo una cuestión de forma, es una posición política.
Hablar el idioma de la dominación, de la mayoría, no significa hablar en el idioma de la mayoría, sino “de una forma de hablar de esa mayoría” que se impone en el mercado con su marca de prestigio y todo la voracidad de nuestra sociedad de consumo. La escritura es la lengua de las minorías, de la neurosis de la identidad como mujer, como sujeto, de su casi inexistencia.

lunes, 25 de julio de 2016

El momento de reaccionar

Enstamos viviendo un momento global en el que no podemos huir de la reflexión, en el que tenemos que poner en juego (cuestionando muchas veces) el tamiz con el cual hemos analizado nuestra época, nuestro tiempo, nuestra existencia individual. Pese  que estos tiempos nos llevan a pensar de que somos el mundo entero Yo igual al mundo entero, pese a esa atomización, estamos conminadas a reflexionar dentro de una comunidad de creencias, de valores y cultura.

En cada refelexión no se me olvida desde dónde lo hago y cómo me he construido. Es muy delicado todo esto porque mientras más consciente, más responsable de todo lo que digo.

Yo no creo que se dé un desmoronamiento de las creencias religiosas como se dice, yo creo que esa es una mirada desde Europa. Ahora mismo aumentan, sobre todo la versión radical, de varias creencias religiosas. El descalabro de las ideologías, sobre todo la utopía socialista vista bajo el lente cínico de la política realista, hace que los fanatismos surjan como piedras de salvación. Lo que sucede es que el hecho rmístico está teñido del dogma capitalista. Ultracapitalista. No sé, quiénes, salvo excepciones, plantean salir de este gobierno mundial del neoliberalismo como único modelo. Siempre recuerdo que este modelo es patriarcal. Por lo que las guerras, si son por la apropiación de recursos naturales, o geopolíticas, son también una nueva repartición de poderes para preservar una tradición que existe en todas las culturas. El llamado estado islámico pregona un retorno al califato, la disolución absoluta de la mujer como entidad civil, su animalización, mientras que en Occidente estamos luchando contra la violencia patriarcal que cuesta cada vez más muertas, más invisivilidad social, más pobreza. No sé si lo han pensado, pero esta mañana, al ver la cara siempre masculina de los atacantes y responsables de los atentados, al mirar el mapa de la guerra, la mano masculina es la que lleva el mando y dirige esta lógica de la guerra como forma de gobierno. Ojo, no estoy intentando probar un esencialismo masculino, es decir, que sean ellos los malos de la historia. No hay malos ni buenos, según sigo leyendo yo, hay actores sociales, patologías sociales. Una de estas pistas es la desparición de las fronteras entre masculino y femenino, entre roles y entre la distribución de la vida, o de la preservación de la vida. En un mundo solo de mujeres, que se reproduciría a sí mismo, los hombres quedarían fuera y serían condenados a la extinción, en un  mundo solo de hombres, las mujeres serían solo esclavas (me temo que se dibuja un mundo donde solo habrá hombres, no sé por qué, o sí, porque la figura dominate es la suya, sus valores, su arquetipo guerrero y no poruq elas mujeres no seamos combativas, sino porque es una calidad que se asocia ingenuamente con la virilidad). Tampoco estoy hablando contra la comunidad LGBT, sino que tratando de analizar lo que puede estar llevando a una radicalización de ciertas personas con perfiles suceptibles de radicalidad.  Esta época debe producir mucho vértigo a quien no pueda crear sus propias márgenes. Intuyo que hay una necesidad de "revilirizar" una buena parte del planeta, que, como lo analiza Achille Mbembe, este filósofo camerunés en varios de sus libros, la pérdida virirlidad tendría que ver con un debilitamiento de la potencia sexual traducida en poder militar, intelectual, cultural. Las mujeres estamos más concientes de que necesitamos hacer algo para no ser las perdedoras del clásico de la Historia, pero nuestro capital simbólico es pobre, así que tenemos que enriquecerlo. Creo que vamos a ser nosotras quienes tengamos la otra parte del texto que se debe escribir en este momento de nuestra historia como especie, tenemos que estar a la altura, pensar con independencia y no reproducir el esquema de nuestros dominantes, tenemos que desmontar muchos prejuicios, alienaciones, curar vejaciones e intentar apaciguar, empezando por nostras mismas. No sé cómo va suceder esto, pero reaccionar a ciegas no es la salida. Es aumentar imaginación, escenas a esta vida que se empobrece por usas el mismo uniforme: el consumo.

Para salir de la lógica militar es necesario lenguaje y otra cosa que la lucha banal por el poder patriarcal. Esa es una intuición clara. Tenemos que avanzar hacia otras representaciones menos ligadas a nuestra identidad sexual, es por eso que me choca cuando alguien piensa que no se pueda ser feminista siendo heterosexual (como si esa fuese una categoría inamovible) que es como decir que no se puede luchar por la causa indígena o palestina sino eres tú misma indígena o palestina. La subjetividad es una composión lenta, que modelamos de forma imprevisible y nunca fija. Lo digo en alusión a las declaraciones de la escritora Virginie Despentes que de verdad me han obligado a pensar. Tenemos que pensar, sin miedo a perdernos, a cada instante. Es así.
Hay un feminismo blanco, eurocéntrico y neoliberal que reproduce los mismos esquemas del patriarcado y lo imita. El otro día escuchaba en la radio que muchos sectores blancos-homosexuales veían con desdén a aquellos que son considerados como "atrasados, arcaicos, o menos civilizados" por seguir reclamándose heterosexuales (sic), sobre todo si eran de origen árabe. Me quedé perpleja, o sea, existe una militancia gay o trans que se etnitiza, no puede ser. Salir de esa tranpa es amabdonar las categorías sexuadas. Que la gente haga lo que desee con su cuerpo, pero sin olvidar que el problema es político y no solo de género, oprimidos y oprimidas, colonizados y colonizadas. El tema es complejo y exige ser porosa, no impermeable. Lo que sí no acepto es caer tan fácil en otra trampa, que ser homosexual sea considerada como un avance social y que la otra opción sea vista como algo fuera de época. Es otra tiranía de la representación.

Lima

En agosto se hará una marcha en Lima contra la violencia machista, la sociedad reacciona y eso es bueno, pero ¿qué consecuencias, qué cambios reales? Me da miedo que sea como con la "ley pulpín", mucho alboroto, mucha imitación, mucha gente en la calle, mucha publicidad y cero reflexión. Nadie reflexionaba sobre el sistema neoliberal y su poder depredador, sino en términos de poder adquisitivo, Sucede lo mismo en el Brasil o en Venezuela, mucha gente solo mira el evento como un elemento de consumo, como en una carta donde aparece agradable ante sus ojos sin que eso refeleje un avance verdadero a nivel social, a nivel de representación. Se sigue manteniendo el esquema religioso, la misma repartición de roles, las mujeres no son las más valoradas. La religión es una cosa, la espiritualidad otra.

Todas estas son reflexiones que me urgía poner por escrito. Esperando que podamos pensar con serenidad. Siempre es por confianza que derrapamos, porque, escribir, pensar, es por ahora, un valor mayor en la vida común, no vivir robotizada ni alienada.

viernes, 3 de junio de 2016

entrevista de Gabriela Wiener en La república, Perú

Patricia de Souza: “Una forma de desobediencia clara es no aceptar que te colonicen”

Escritora y maestra. Licenciada en Letras. También ha realizado estudios en ciencias políticas y filosofía. Entre sus libros destacan "Vergüenza" (2014), "Eva no tiene paraíso" (2011) y "El último cuerpo de Úrsula" (2000)
Gabriela Wiener
“¿No es una locura un lenguaje que se ignora dentro de un cuerpo, de una vida, una existencia, un lenguaje sin rostro?”, escribe Patricia de Souza en su libro Descolonizar el lenguaje, (Los libros de la mujer rota), edición chilena de este conjunto de ensayos que la escritora y estudiosa peruana dedica al legado espiritual de un puñado de míticas desobedientes y a la reflexión crítica y liberadora de la experiencia intelectual y la identidad femeninas. “Lo que quise decir es que hay que ocupar la vida, encarnarla, salir de esa ausencia en la que se puede vivir siendo mujer–explica la autora de novelas como "El último cuerpo de Úrsula" y "Verguenza", desde su actual residencia en Francia, donde vive hace años–. Hay una ausencia de sujeto, de subjetividad en la lengua al hablar con instrumentos que no nos pertenecen. Lo que ha habido es una imagen de consenso sobre una manera de entender y leer el mundo. Lo que hubo (y hay) es dominación”.
 
¿Cuáles son los pasos para descolonizar el lenguaje? 
Es tiempo propicio para que se diversifique el lenguaje, sobre todo para las mujeres que somos capital simbólico en esa "forma" de interpretar el mundo, que es ahora mismo un credo neoliberal y un dictamen mundial que es siempre maniqueo, estereotipado y lejos de la vida concreta. El "vicariato", es decir el poder laico del dinero y la religión, nos sigue viendo como objetos intercambiables, mujeres para armar, tipo Ikea. Hay que cambiar de chip. Descolonizarse. Como decía Simone Weil, arrancar el árbol para plantarlo de nuevo.
 
¿Qué tienen en común Flora Tristán, Blanca Varela, Marguerite Duras, Simone Weil, Teresa de Ávila, Joyce Mansour, Catherine Pozzi, Elena Garro...?
 
Son mujeres que pueden ayudar a construir nuevos arquetipos menos esmaltados. Creo que las mujeres sufrimos de imágenes que no sean binarias, madre-prostituta, por ejemplo, y es en el terreno del lenguaje en donde se puede cambiar el esquema para replantear  lo que se acepta como "verdad natural".  Son mujeres que salieron a la plaza pública, no a gritar (que encaja muy bien en el papel de histérica), sino a hablar, a crear sentido. Aunque las instituciones evolucionen, lo que más lento evoluciona es la mentalidad, por eso hay esa separación entre lo que se dice y se hace. 
 
¿Cuáles son los mejores ejemplos de desobediencia femenina que encontraremos en este libro?
 
Una forma de desobediencia clara es no aceptar que te colonicen. Escribir es una manera de desmontar esa dominación masculina globalizada, sea cual sea la elección sexual, gay o trans... Hay una frase que me gusta mucho de Flora Tristán: “Lo importante es nombrar”. Levantar la voz es un acto de desobediencia civil. Escribir novelas es también una forma de desobedecer el mandato de la tribu, es entrar en el mundo "masculino del discurso". Las mujeres debemos descolonizarnos, desaculturarnos, para poder emprender nuestro propio camino,  soltar las ataduras... O cortarlas.
 
Dices: “una mujer sin relato es una mujer inexistente", ¿Cómo podemos hacer una revolución no elitista, que incluya y libere, también desde el discurso? 
 
Se hacen muchas leyes, pero la sociedad no las sigue. La palabra testimonial de las mujeres está neutralizada, estigmatizada como falsa, incluida en el decorado. Una legislación que no se reproduce en la vida común, infantiliza, salva conciencias, pero no cambia nada. Lo de relato siempre lo digo, se trata de decirse con sus propios instrumentos, es una "narratología" aplicada a la vida que tiene que ver con crear trama, poder escribirnos con nuestros códigos. No todas serán escritoras, porque eso exige una pasión (y cierto entorno), pero podrán salir del sujeto-objeto. Una revolución copernicana de pensamiento es necesaria, pero no desde una manera elitista de ver las cosas, es decir, superior, inferior, sino más como un tejido que se ensanche abarcando otros horizontes. Como es ahora la comunidad hablante mundial de las redes sociales.
 
Así, es tu propio lenguaje también importante en este libro. ¿Por qué eliges la primera persona y el tono confesional en un libro de ensayos como este?
 
La primera persona es subversiva cuando viene de una mujer. Se hace política porque nos sacude los esquemas de la organización social naturalizada, es decir, que el lugar que ocupamos en la sociedad nos corresponde por ser mujeres (sic). El tono confesional es porque no se trata de "producir" un discurso midiendo el alcance mediático, sino construir, traducir, ocupar el lenguaje para justamente, hacer ver una subjetividad. La espontaneidad es mal tolerada en la época de la contabilidad, el cálculo moral y el maquillaje, vivimos con muchas máscaras. Y algunas asfixian.
 
¿Por qué los temas de género importan tan poco en el Perú y sus diversos espacios de debate, sin que la literatura sea una excepción? 
 
En el Perú estamos bajo dominio de la doxa neoliberal, es decir, lo social y lo individual prima sobre lo colectivo, el "bien común". No se piensa en el aborto porque no es un tema que cotice en la bolsa de valores (sic), sino aquellos que den más visibilidad y rindan más votos, es totalmente clientelista.  Nuestra lentitud en materia de derechos de la mujer también tiene que ver con los distintos feminismos, no hay uno solo, y entiendo que se quiera salir del dominio europeo o norteamericano, aunque eso no debería impedir un debate.
 
Francia, Europa y sus (refugiados) expulsados. ¿Cómo es dormir con el enemigo? ¿Se duerme, se sueña, se tienen pesadillas?
 
El primer enemigo lo llevamos dentro. Es una intuición fuerte: luchar contra nuestras propias limitaciones, nuestras fobias y miedos. De ahí a que una geografía nos defina, no estoy segura, es más el mapa del modelo de civilización indolente y egoísta el que está llevando a una crisis horrenda y a la impasibilidad. Hay gente que se implica, pero otros solo quieren echarlos ignorando que mueren en condiciones infames. No creo en la maldad como ontología, sino como experiencia, es decir, que una situación puede sacar lo peor o lo mejor de cada persona. Hay que ver que la cultura no detiene esto, pero si hay poesía, tal vez no haya ganas de hacer daño. 

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